Cruzando de Sudáfrica a Mozambique

La furgoneta en la que viajé no era la única que paraba en esta aldea

La furgoneta en la que viajé no era la única que paraba en esta aldea

Fue en el bus sudafricano que me llevaba de Johannesburgo a Nelspruit -entrada al increíble parque Kruger– donde conocí a un chaval de Mozambique que me habló maravillas de su país. Comencé a interesarme más y buscar información y, al final, decidí incluir en mi ruta de 2 meses por el Sur de África al país que fuera colonia portuguesa hasta 1975.

Un viernes por la mañana de principios de Marzo salí con mis dos mochilas hacia la estación de buses montado en la furgoneta de Crazy Dave. Este sudafricano dueño del hostal Old Vic en Nelspruit insistió en que no tomara las furgonetas colectivas que usaban los negros para cruzar a Maputo. Aún quedan estos prejuicios en muchos blancos sudafricanos. Yo pretendí que seguía su consejo pero, una vez me hubo dejado en la puerta de la compañía de buses Intercape, esperé a que se fuera y bajé la calle hacia el mercado de Nelspruit, desde donde salían las furgonetas colectivas.

Una marabunta de gente parecía caminar sin rumbo por los alrededores del mercado. Cuando encontré la parada me topé con miradas incrédulas y sonrisas de desconcierto. Creo que no estaban acostumbrados a que los blancos cruzaran a Mozambique con ellos. Pagué 130 ZAR (rands) por mi billete a Maputo y tomé asiento en la furgoneta. Como suele pasar en África, no saldría hasta que no se llenase.

Aldeas a la orilla de la carretera en Mozambique

Aldeas a la orilla de la carretera en Mozambique

Tuve suerte y media hora más tarde el motor se ponía en marcha. El último pasajero que se subió era un chaval de Zimbawe llamado Ronald. Se sentó a mi lado, me sonrió y me saludó en un buen inglés.

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Ronald hizo que el viaje -con un calor insoportable y sin aire acondicionado- se hiciera bastante más ameno. Era comercial para un grupo de hoteles sudafricano y hacía el viaje hacia Zimbawe para ver a la familia. Antes se pasaría por Maputo para ver a un amigo y pegarse una buena fiesta. Parecía que la fama de paraíso de la farra del sur de África que tenía Maputo, estaba justificada.

Mientras esperábamos a que nos sellaran los pasaportes en la frontera Ronald compró una tarjeta SIM mozambiqueña para su móvil. Yo decliné la oferta de la multitud de vendedores que me asediaron porque pensé que no me haría falta en el poco tiempo que pensaba estar en el país. Craso error.

Cambié 50 euros en moneda local (Meticais) a muy buena tasa y sin que me timaran con los billetes y seguimos viaje.

Hasta ese momento el viaje había transcurrido a una buena velocidad media y sin apenas paradas. Sin embargo, al entrar en territorio mozambiqueño la cosa se ralentizó considerablemente.

Calles de Maputo, mi punto de entrada en Mozambique

Calles de Maputo, mi punto de entrada en Mozambique

Este tipo de servicios no tienen paradas oficiales estipuladas así que la gente le va diciendo al conductor donde quieren bajarse. Si a esto le unes el hecho de que muchos de los pasajeros no iban a la capital sino que vivían en aldeas desperdigadas a ambos lados de la carretera que va desde la frontera a Maputo, ya tienes el lío armado.

En contra de lo que yo mismo esperaba de mí, esto no me molestó lo más mínimo. Me gustaba entrar en las aldeas, ver la cara de sorpresa que ponían los mozambiqueños al verme hacinado dentro de la furgoneta y las sonrisas que me dedicaban. Era mi primer contacto con el pueblo que me cautivaría durante un mes. Chozas humildes aquí y allá; niños y mayores transportando cestas, bolsas y mochilas llenas de alimentos o cachibaches varios. El Sol ya era más tenue y había dejado de sudar. Era mi primer atardecer en Mozambique.

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Cuando llegamos a Maputo el caos nos rodeaba por todas partes. Con la ausencia casi total de semáforos, los vehículos añejos de todas clases y modelos se disputaban cada palmo de asfalto guiados por la ley del más rápido… O grande. Las aceras estaban saturadas de gente. Niños y adolescentes que habían salido de las escuelas; trabajadores que intentaban salir de la ciudad para regresar a sus maltrechas casas en los suburbios o alrededores; vendedores ambulantes… La algarabía y el colorido de todo aquello era cautivador.

Mi primeras cervezas con Ronald (izquierda del todo) y su amigo en el hostal de Maputo

Mi primeras cervezas con Ronald y su amigo en el hostal de Maputo

Pregunté al conductor cuál era el punto más cercano al centro en el que nos podía dejar y nos indicó un lugar en el plano de mi guía. Yendo con mochilas aún tendríamos que coger un taxi o motocarro (como los tuktuk de Asia) para llegar al hostal.

Pero aún quedaba una parada intermedia en un mercado enorme situado en los suburbios de Maputo. Allí se bajaron todos los pasajeros que quedaban a excepción de Ronald y un servidor.

Nuestro equipaje estaba atado a un remolque pequeño que llevábamos arrastrando tras el vehículo desde Nelspruit y quedé sin reacción cuando vi que parte de la muchedumbre que abarrotaba el mercado se echaba sobre el remolque y empezaba a sacar bolsas a una velocidad de vértigo. Miré a Ronald atónito y me dijo que saliera a coger mi mochila porque podían llevársela. Yo me quedé mirando a Ronald primero, a la gente que asaltaba el remolque después y sólo pude decirle: “Si se la quieren llevar, se la van a llevar, baje yo o no”. Así que no moví un dedo.

Lavando ropa en el hostal de Maputo

Lavando ropa en el hostal de Maputo

Parece ser que la operación de descarga estaba más organizada de lo que podría parecer en primera instancia porque ninguno de los pasajeros que se bajaron protestó y mi mochila quedó intacta después del pseudosaqueo.

Diez minutos más tarde nos bajábamos en un destartalado recinto donde fuimos el blanco de taxistas y conductores de motocarros. Decidimos obviarlos y salimos fuera cargados con nuestro equipaje. Ronald quiso negociar un precio para los dos y acabamos llegando al hostal montados en una motocarro cuya escasa potencia hizo que nos tuviéramos que bajar en un par de cuestas.

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Había llegado a Maputo. Había entrado en el país que, aunque no lo supiera aún en ese momento, me iba a atrapar sin remedio.

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2 Comentarios
  1. Vane 28 septiembre 2016
  2. David 28 septiembre 2016

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