Llegada a Trivandrum

mapa indiaSegún la pantalla del sistema de entretenimiento a bordo, en el exterior hay 28 grados centígrados y sólo son las 04:12 de un lunes que acaba de nacer, cuando el final nos detenemos. Para entonces ya no quedaba un sólo bulto en los compartimentos situados sobre nuestras cabezas. Por mucho que se diga lo contrario por megafonía, en cuanto las ruedas del Airbus A330 tocaron tierra, la inmensa mayoría de los pasajeros se levantaron de sus asientos, cogieron sus maletas y bolsas “Duty Free” de Bahrain y Dubai, y se quedaron de pie, haciendo una enorme cola frente a las puertas de salida del aparato. Los gritos de “¡Siéntense, siéntense, todavía no se ha parado el avión!” de los auxiliares de vuelo eran inútiles, amén de tener que competir con los pitidos de “Mensaje recibido” y las cuatro notas que universalmente saludan a un móvil de Nokia cuando se enciende. Para cuando el aparato salía de la pista de aterrizaje, ya se oían varias conversaciones que sonaban a “Cariño, ya he aterrizado en Trivandrum”.

Al salir de ese reducto occidental que es el avión de fabricación europea, mi mente y mi corazón comienzan a recordar la India que llevaba año y medio sin pisar: los 207 hindúes y yo nos apelotonamos sin orden ni concierto en tres autobuses Tata que parecen casi tan viejos como el que escribe y que nos llevan a la terminal del aeropuerto. Sobre ella luce un orgulloso cartelón, “Bienvenido a un aeropuerto con la certificación ISO”.

La masa se abalanza en busca de los formularios de entrada al país, que los naturales también tienen que rellenar, y en algún momento, un cuello de botella provoca la aparición de las primeras y ordenadas filas. Hasta aquí ha llegado también el universal resfriado mediático y sanitario de la H1N1. Aparte de una pancarta preguntando “¿Tiene usted síntomas similares a los de la gripe?”, hay funcionarios de sanidad usando mascarillas protectoras y repartiendo formularios en los que yo indico mi lugar de procedencia, que no tengo síntomas, que no he viajado recientemente a EEUU ni México y que no tengo teléfono de contacto ni dirección permanente durante mi estancia en el país.

trivandrum airportEn la Embajada de la India en Madrid me cambiaron uno de los dos apellidos (“Fernnadez”, pusieron en el visado) pero ningún funcionario puntilloso me pone pegas y después que mi mochila pase por Rayos X, me dirijo a por mi maleta a un lado de la reducida zona de llegadas (que tiene a un lado los mostradores de aduanas y a otro las dos únicas cintas transportadoras de equipaje). Después de 10 minutos agolpados sobre la de nuestro vuelo, cambian el cartel y nos dirigimos a la otra. No sabéis lo agotador que es la consiguiente espera si no lo habéis hecho en Asia, pues entramos, de lado y empujando, apoyándonos unos en otros, cuatro personas en medio metro de espacio. Y así, metro tras metro alrededor de la cinta. Y pegados a nuestros tobillos, el frontal de sus carritos portamaletas, que acercan todo lo que pueden. La foto tomada con el móvil no le hace justicia a la situación, pero con ese barullo no iba a sacar la cámara que llevaba en la mochila, a mi espalda. Pese a los cuatro ventiladores que hay sobre nuestras cabezas, en cada una de la media docena de columnas del edificio, sigo bañado en sudor.

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Pasan, precintadas y atadas por múltiples cuerdas, cajas de cartón de microondas, aspiradores, sistemas “Home Cinema”, robots de cocina, de un televisor de plasma de 42” marca Ikon, de calentadores de agua, de una encimera, incluso alguien ha facturado un colchón. Aparece mi bolsa y cuando salgo del aeropuerto, previo paso por el mostrador de la Oficina de Turismo para conseguir un mapa y por la oficina de cambio para conseguir lo mínimo indispensable para el transporte y la comida, son las seis menos cuarto de la mañana. Es un pequeño aeropuerto, más incluso que el de mi Asturias natal, pero he tardado una hora y media desde que aterricé hasta que lo abandono.

Bienvenido a la India.

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