Paseando en velero por el lago Garda

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Frank Sinatra sale del agua y se envuelve en un blanco y suave albornoz. La mañana  es limpia y clara y unas pequeñas gotas resbalan por el mechón de pelo rebelde que se despeña por su frente. Los ojos azules que, junto con su voz, han conquistado más de medio mundo, se clavan en el paisaje que tiene frente a él.

Un pequeño muelle de piedra muere en unas aguas transparentes que dejan ver rocas cubiertas de una fina capa de musgo por donde vagan, tranquilos, algunos peces de pequeño tamaño. La inmensidad del profundo largo Garda, el más grande de Italia, se extiende hacia donde mire.

Hace un tiempo que acabó su sonado y tormentoso romance con Ava Gardner y su corazón ha sentido, de nuevo, el calor del enamoramiento. Quiere comprar esa casa del siglo XV, donde se encuentra en este momento, para convertirlo en el lecho de lujuria donde encontrarse furtivamente con su amante, el lago Garda.

Pero la casa no se vende y Frank tendrá que buscar un amor más terrenal.

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Entiendo lo que sintió Sinatra desde en el momento en que contemplo el atardecer sobre el Garda desde el balcón de mi habitación en el hotel Caesius. Mientras nos acercábamos con la furgoneta vimos cómo una inmensa bola de fuego se hundía en sus aguas, y ahora un cielo rosado ejerce de bóveda del calmado lago azul.

A la mañana siguiente nos espera un gran velero en uno de los embarcaderos cercanos a la pequeña localidad de Bardolino, una de las decenas que duermen en las orillas de este gran lago que se divide entre las regiones de Lombardía, Véneto y  Trentino-Alto Adige. La señorial embarcación, hecha de oscura madera noble, parece tener unos veinte metros de eslora y no tarda en surcar las aguas con altiva dignidad.

La tripulación la componen dos hombres italianos muy simpáticos, de pieles bronceadas, que no dejan de hablarnos sobre lo que vamos viendo.

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El viento no sopla muy fuerte y usamos un potente motor para recorrer el tramo frente al pequeño Bardolino. La noche antes paseamos por sus limpias calles de aspecto vacacional, donde heladerías, enotecas y restaurantes aún albergaban a conversadores nocturnos que no querían que la medianoche del jueves quedara carente de magia.

Bardolino está unido a Cisano y la siguiente población es la famosa Garda. Desde estribor podemos observar las grandes casas señoriales que comienzan a aparecer a las afueras. El paseo del lago bulle de movimiento porque hoy es viernes, día de mercadillo. Son muchas las furgonetas blancas que vemos aparcadas en fila india, justo antes de los puestos, levantados en unos minutos, donde se vende de todo: ropa, comida, productos artesanales, decoración…

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Son las diez de la mañana y el sol aprieta de manera intensa, dando un color brillante a los frondosos jardines de Villa Canossa. El marqués homónimo posee aquí un caserón, quasi palacio, del siglo XVIII. La familia lo usa como segunda residencia y son dueños, también, de la zona boscosa y la montaña colindantes. Si vienes como excursionista, puedes recorrer sus tierras pero no está permitido quedarse a hacer un pinnic.

Villa Canossa

Villa Canossa

El azul del lago encuentra su contraste en el verde de esta parte de la orilla. A lo lejos comenzamos a divisar una de las primeras construcciones levantadas por la mano del hombre en esta zona del lago Garda. Las piedras del hotel San Vigilio.

Desde el siglo XV el lugar ofreció a los viajeros un escondite para el retiro y poder olvidarse del estrés de la vida. Aceptaron tamaño regalo personas como Napoléon, el zar Alejandro II, el príncipe Carlos de Inglaterra, Juan Carlos de Borbón, Lawrence Olivier y Vivien Leigh. También Frank Sinatra vino y quiso quedarse, pero no pudo ser.

San Vigilio

San Vigilio

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Nos acercamos lentamente al pequeño embarcadero del hotel para amarrarnos a la antigua madera. El calor de esta mañana de junio me hace pensar que nos encontramos en pleno agosto y doy gracias a haber recordado meter mi bañador en la mochila pequeña. Un minuto después de atracar me hallo subido a la barandilla del barco para saltar y zambullirme en las refrescantes aguas del Garda. Soy el único bañista de la zona y me alejo un poco del barco.

La belleza de San Vigilio es aún más sobrecogedora desde mi nueva posición. Un aire vintage lo impregna todo, incluso la pequeña iglesia de piedra que sólo se abre al público cada 1 de mayo, durante la fiesta de los pescadores. Nado un rato, sin prisa, intentando imaginar qué habrían vivido todas aquellas personas famosas, incluso siglos atrás. Napoleón intentando descansar de sus interminables campañas bélicas. Él es quien más respeto me causa. Disfruto el momento sabiendo que quizá nunca más vuelva a gozar de un baño allí.

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Algunos huéspedes están disfrutando del desayuno cuando salgo del agua y enfilo el embarcadero vestido tan sólo con mi bañador. Ni siquiera llevo calzado. Me siento totalmente fuera de lugar en un hotel donde el precio de la noche se mueve entre los 270 y 350 euros. Sin embargo, me permiten pasear por allí de esa guisa sin ningún problema e investigo un poco las casas del complejo. Hay un restaurante con tan sólo cinco mesas sobre el lago.

El patrón italiano nos llama porque tenemos que emprender el camino de regreso. Al elegir la misma ruta que a la ida, decido tumbarme en las colchonetas del velero mientras vuelvo la vista a atrás. Pienso en lo que debió sentir Sinatra el día que supo que ya no volvería a su rincón secreto del lago Garda. Hay amores imposibles, y son los que más huella nos dejan.

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Una respuesta
  1. Raul 17 junio 2015

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