La isla de Gorée y el museo de los esclavos en Dakar

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Llegando a la isla de Gorée con el ferry desde Dakar

Durante tres siglos seguidos la isla de Gorée, a escasos kilómetros de distancia de la costa de Dakar, ostentó el título más innoble del planeta. Entre los siglos XVI y XVIII, esta isla de apenas 17 hectáreas se convirtió en el mercado de esclavos más importante del mundo. A esta isla llegaban africanos de todo tipo para ser seleccionados y enviados en barco hasta distintos puntos del continente americano para trabajar como esclavos.

Una de las antiguas casas de la isla que funcionaban como control de esclavos todavía se levanta en pie, perteneció a un holandés y ha sido restaurada para albergar el Museo de los Esclavos. Durante nuestro viaje a Senegal no nos perdimos la oportunidad de visitar el lugar.

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Una agradable plaza del interior del pueblo de la isla de Gorée

Hasta mediados del siglo XIX en que fue abolida la esclavitud, se cuenta que aproximadamente fueron unos 20 millones de esclavos los que partieron de África para cruzar el océano. En esta cifra no se incluyen todos aquellos que por enfermedad fueron arrojados por la borda durante el largo trayecto como pasto para los tiburones, y fueron muchos.

La isla de Gorée fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1978.

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Vistas entre la polución al skyline de Dakar desde Gorée

Desde el puerto principal de Dakar parte un ferry hasta Gorée. La isla apenas se encuentra a 3 kilómetros y la distancia se cubre en un recorrido en barco de unos 20 minutos aproximadamente. En la entrada del puerto veréis una variada opción de precios. El billete de ida y vuelta sale por 8 euros para los extranjeros, 4 euros para residentes africanos y 2,20 euros para senegaleses y 0,15 euros para los habitantes de Gorée.

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Una vez en la isla tenéis la opción de pasear alrededor de ella. Existe un bonito recorrido que se eleva a un promontorio desde donde disfrutaréis de buenas vistas a Dakar y de la isla. A vuestro paso podréis admirar la obra de variados artistas mostrando sus cuadros y esculturas.

Asimismo, tenéis una amplia variedad de souvenires tanto en mercados como en la misma calle. La agresividad de algunas chicas vendiendo pulseras es legendaria así que id preparados. Una buena opción durante vuestra visita a la isla de Gorée es comer en uno de los restaurantes con terrazas vecinos al muelle.

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Sala de las mujeres jóvenes en la Casa de los Esclavos de Gorée

Cuando salgáis del barco os aconsejo que os apresuréis en dirección al Museo de la Esclavitud para evitar la habitual cola y entrar antes que vuestros compañeros de ferry. El lugar es relativamente pequeño así que si la cola en la entrada es considerable os recomiendo dar un paseo antes por la isla y postergar vuestra visita al museo.

La Casa de esclavos abierta al público trata de mostrar la disposición real del lugar para hacernos una idea de la tragedia e injusticia que se vivió durante siglos en Gorée en toda África por extensión. La isla fue el centro principal de la esclavitud de toda África y los barcos partían en dirección a Brasil, el Caribe o Estados Unidos cargados de niños, mujeres y hombres.

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Entrada principal a la Casa Museo de la Esclavitud en Gorée

Se trata de una casa relativamente pequeña capaz de albergar entre 150 y 200 esclavos que en ocasiones debían esperar largos períodos, unos tres meses, antes de subir a sus barcos y encontrar su destino.

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La casa incluye diversas salas donde se hacinaban los esclavos de cada tipo. Por un lado estaba la sala para los hombres a quienes alimentaban bien para recuperar peso y así ser vendidos con más facilidad y mejor precio (al menos debían pesar unos 60 kilos para poder entrar en el mercado). Otra sala estaba destinada a los mujeres que habitualmente tenían más valor que los hombres, otra para las chicas vírgenes cuya mejor fortuna era quedarse embarazadas de algún blanco pues de esta manera se las mandaba a Saint-Louis, al norte de Senegal, y finalmente una sala para los niños bien separados de sus madres para evitar la inestabilidad de estas al oír sus llantos.

Todas estas salas iban a parar a la porte du voyage sans retour, la puerta del viaje sin retorno, la puerta trasera de la casa que daba al mar y de ahí subían al barco para no volver nunca más a su amada África.

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