Ischigualasto: el lugar donde duerme la Luna

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Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Alejandra Abad.

A todos nos cuentan de pequeños que, cuando acaba la noche, la Luna se va dormir. Pero pocos saben cuál es exactamente el lugar donde se acuesta Catalina cada mañana al rayar el alba. Ese lugar se llama Ischigualasto, un nombre de origen quechua que significa “sitio donde se posa la Luna”, y está en la provincia argentina de San Juan, a unos 80 kilómetros del pequeño y descuidado pueblo de San Agustín del Valle Fértil.

A este lugar agreste y descolorido se le conoce también como Valle de la Luna y para acceder a él desde Buenos Aires tuve que hacer unas veinte horas en tres autobuses diferentes (menos mal que aquellos colectivos son mucho más cómodos que los españoles).

Conseguí mi objetivo de llegar allí un viernes de luna llena al atardecer para poder visitar el valle esa misma noche con la luz natural de la noche lunar, pero el inoportuno viento Zonda me dejó con las ganas. Este incómodo y frecuente viento levanta tal polvareda que la visita resulta imposible, así que habrá que descansar esta noche porque mañana sábado me tocará hacer las dos visitas del fin de semana en una sola jornada. Curiosamente, dos visitas completamente distintas a un mismo lugar.
El madrugón merece la pena para llegar temprano a Ischigualasto y, procurando no despertar a la Luna para que esta noche esté descansada y nos alumbre bien, recorremos el único lugar del planeta donde se encuentra una secuencia completa de sedimentos continentales del Periodo Triásico de la Era Mesozoica.

Efectivamente, a base de acumulación de capas sedimentarias durante millones y millones de años las formaciones rocosas del Valle de la Luna resultan ser como un libro abierto para estudiar el periodo en el que se expandieron los dinosaurios a través de los fósiles. El guía que nos acompaña en el recorrido nos invita con su molesta voz de pito a que nos imaginemos a los dinosaurios paseando y nos anima, literalmente, a compartir con él el “placer de saborear los sedimentos de millones de años”. Resulta ser una forma muy poética de suavizar el hecho de que absolutamente todo, incluida tu boca, esté llena de un polvo tan fino que se mete hasta en el último rincón de tu mochila y se irá contigo hasta la vuelta a la civilización, a la ducha, y a la lavadora.

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Es difícil describir la soledad que inspira este lugar (a pesar de estar uno rodeado de turistas que canturrean en la furgoneta a ritmo de martilleante reguetón), la falta de vida que aquí se respira, la uniformidad del colorido, gris, marrón claro, pardo, gris. Alegra la vista de vez en cuando una pared roja que parece marciana o un triste arbustillo moribundo, pero en general y en muchos kilómetros a la redonda todo está muerto y es gris. Realmente así es más o menos como yo me hubiera imaginado la Luna. Resultan curiosísimas las formas que el viento y el agua han ido tallando en las rocas, que se alzan caprichosas con siluetas de esfinges, hongos o enanos (formas que se aprecian si le echa uno mucha imaginación, aviso).

Hay un lugar especialmente curioso en esta visita que los lugareños han bautizado como “Cancha de bochas”. Resulta ser una enorme explanada llena de rocas grises redondas con forma de pelotas de fútbol (de ahí el nombre, los estadios en Argentina se llaman canchas) perfectamente modeladas no se sabe aún por qué proceso geológico, sin un solo saliente, para rodar y rodar hasta el infinito si no fuera porque a estas alturas el recinto de la cancha de bochas está ya limitado por unas rudimentarias vallas que impiden el paso de los visitantes.

La visita a Ischigualasto resulta fascinante a pesar de pertenecer a la categoría de “ruta-turística-no-puedes-salirte-del-camino-marcado” que tanto odio, pero desgraciadamente es la única manera de conocer el lugar. Seguramente también sea la única forma de conservarlo más o menos virgen.

Pero mucho más impresionante resultará por la noche. El viento Zonda parece que hoy da una tregua y la Luna aparece clara en el cielo, henchida de orgullo y dispuesta a mostrarnos su alcoba en todo su esplendor.

El reguetón y el revoloteo marujero de por la mañana han sido ahora sustituidos por un imponente silencio. Será que no encontramos palabras o que la magia –o el frío- de la noche nos ha cortado el aliento. La manga corta y las chanclas del mediodía se han convertido ahora en jerseys gruesos y mantas sobre los hombros. Al fin y al cabo esto no deja de ser casi un desierto y la temperatura es tan diferente como la vista de este mismo lugar en función de la hora del día.

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Durante un par de horas recorro el parque sin necesidad de linternas ni faroles porque hay luz suficiente casi para leer.

Todos los participantes en esta excursión nocturna andamos por allí medio hipnotizados, embrujados casi por la luz de la luna llena, o por la belleza del paisaje nocturno. Nadie sabe muy bien si mirar la preciosa y enorme luna, si estudiar las constelaciones del hemisferio austral que tan bien se aprecian desde aquí o si admirar las mismas extrañas formaciones rocosas de por la mañana con esa luz plateada que ahora hacen que parezcan seres de fantasía.

Yo, particularmente, me ocupo además -como una niña pequeña con zapatos nuevos- de sacar todo el partido a mi flamante cámara nueva y hacer fotos de noche en las que parezca casi de día. Ahora tenemos algo más de libertad para pasear y movernos por el valle, para tumbarnos en esa finísima capa de arena que esconde sedimentos de millones de años, para mirar a las estrellas y deleitarnos con una noche sin luces que la contaminen. Me siento aquí como si estuviera en la Luna de veras, como embrujada, tan alejada de casa, de la ciudad, del ruido y las luces, de las estrellas occidentales que aprendí a identificar desde niña… Lejos de asustarme, me sorprendo a mí misma descubriendo que me encanta esta sensación de, como si dijéramos, “ausencia de todo lo mío”. Es realmente excitante, me deslumbra, tanto que conseguiré que tengan que venir a buscarme por mi frecuente distracción de todo lo práctico (véase, del reloj).

Mientras algunos reculan y empiezan a cobijarse en la furgoneta yo, a pesar del frío, me pierdo un rato con mi cámara y mi luna. Y en medio de un lugar tan distinto, tan solitario, tan lunar, tan desértico, tan lejos de todo mi mundo, tan mágico, pienso que han merecido la pena tantas horas de autobús. Recordaré este paisaje por muchos años y ahora todas las mañanas sabré dónde se está escondiendo la Luna.

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