Huanchaco, un lugar para perderse en paz


Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Aldo Pancorbo.

Ni bien partimos de Lima, la consigna era llegar a Trujillo e instalarse en Huanchaco.

Durante el poco tiempo que permanecí en este balneario, tuve la sensación de que los días nunca eran iguales y de que las personas que veía y no conocía, por más que casi siempre eran las mismas, tenían un gesto o un movimiento en falso distintos; algo que los hacía extrañamente familiar.

Me alojé en Las Camelias- anónimamente llamado “La tetona de Corina” merced a su voluptuosa regenta- junto a otro escritor, MD. Era un lugar discreto y rústico al que F.- otro escritor que nos acompañó en el viaje y que luego se hospedó con nosotros en vista de que perdió las llaves del cuarto donde estaba alojado-, llamaba Melrose Place lorcho. Tenía cuartos con apariencia de bungalows que formaban una herradura alrededor de un jardín principal que habitaba Tobi, una perrita blanca y loca de la que MD se enamoró.

Por la mañana, mientras MD seguía durmiendo, casi siempre por la pegada de la noche anterior, salía a caminar por las callecitas vacías y soleadas. Las callecitas de Huanchaco (proviene del muchik Guaukocha, que significa “hermosa laguna con peces dorados”) resulta un buen escenario para caminar solo o hacerlo con alguien en silencio. Incluso, se puede escuchar el murmullo del mar y el graznido de las gaviotas gracias a la ausencia de autos y mototaxis. Y si a uno no le gusta caminar y, aún así, quiere recorrer un gran tramo, en la calle Los Pinos hay un hospedaje donde se pueden alquilar bicicletas a 10 lucas por todo el día.

“Este lugar es perfecto para perderse en paz”, pensaba mientras caminaba sobre mis yankis.

Todas las calles desembocan perpendicularmente en una avenida principal que está a pocos metros de la playa y se extiende a lo largo del litoral. Alrededor de esta avenida, frente al malecón, se levantan un sin número de restaurantes, panaderías (“Fito Pan” y sus deliciosos panes de mantequilla), hospedajes, discotecas, pubs así como las dependencias municipales, además de ser recorrida por la mayoría de artesanos, residentes, mochileros, autos, taxis y los “Huanchaco”, una línea de buses de colores blanco, amarillo y rojo que van y vienen de la ciudad de Trujillo (vendría a ser la “10” o el Covida para los huanchaqueros).

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Y si uno no se ubica por tierra, don’t worry! También puede hacerlo por aire. Es cuestión de mirar hacia arriba, en dirección al este, y divisar el santuario “Nuestra Señora del Socorro”. Ella es la patrona de los pescadores. El templo, que está frente al cementerio, es un punto de referencia si eres new en Huanchaco. Fue construida sobre la huaca Chimú en 1540 y es considerada la primera iglesia cristiana de indígenas de la colonia desde tiempos virreinales, además de servir de guía a los pescadores que se lanzan al mar con sus caballitos de totora. Éstas, son balsas construidas con un junco conocido como totora que, según cuenta la leyenda, fueron utilizadas por Naylamp, un guerrero mitológico del antiguo Perú, para arribar a la costa norte junto a su séquito y dar origen a la cultura Lambayeque.

A golpe de mediodía me encontraba con MD y F. en la plazuela y juntos nos íbamos a visitar a Choco, quien vive frente a la cómica. Él, que parece un descendiente directo de los moches, siempre nos recibía en su casa con una sonrisa limpia mientras lo acompañaba su futura esposa, una bella y joven holandesa, y su hija, Catalina, de semanas de nacida (que el mismo apadrinó como “La Cholandesa”) a quién llevaba envuelta en un turbante sobre su pecho como si fuera su nuevo corazón transplantado.

El buen Choco, mientras nos invitaba un vaso de agua de cacao y una ensalada con fideos y verduras, nos contaba sus proyectos: remodelar el primer piso de su casa para que se convierta en un lounge para turistas e intervenir en un reality show para una productora extranjera, en el que iba a aparecer como un parchero de Huanchaco seductor de europeas, o algo así.

Después de soñar con los ojos bien abiertos en la casa de Choco y despedirnos de su hermosa familia, subíamos a la huaca Chimú, desde donde se puede ver el balneario en su máxima dimensión.

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Cuando nos daba la bajada, teníamos dos opciones: el mercado, que se encuentra camino a la iglesia y donde se puede rasgar alguito del alma huanchaquera, es un paso obligado para almorzar barato y copioso (se encuentran diferentes menús a partir de 3 lucas china), y así ahorrar para la chela. O “La Charapita”, que también está camino al santuario, es un restaurante que lo conocimos gracias al popular Choco- un verdadero chichero, aunque más de joda que de jora- y a decir del nombre no se especializa como más de uno pensaría en platos selváticos, sino más bien en platos marinos, siendo muy recomendables el arroz con mariscos, ceviche y el sudado de cachema- la corvina del norte peruano.

Además de sus precios módicos (un plato bien taipá tiene como precio mínimo 5 lucas), también ofrece chicha de jora en poto. La chicha de jora, que está hecha a base de maíz fermentado, fue la bebida preferida de los incas.

Hubo días que estábamos tan misión imposible- por no decir siempre- que no nos alcanzaba la guita para un buen almuerzo. Entonces, nos íbamos al mercado con nuestra chicha de jora en botella de plástico de litro y medio, que conseguíamos a tan sólo 2 lucas china en una casa que estaba a la mitad de la calle de “La Charapita”, al costado de una cabina de Internet.

Choco, con la mirada sabia de un hombre pre-histórico, me contaba que no existía una chicha de jora igual que la otra, que siempre la preparan diferente. Luego de pensar que tampoco podía haber un Choco igual a otro Choco, me despedí de él, no sin antes regalarle mi novela y darle dos ejemplares más para que los regalase a la Biblioteca de Huanchaco (un lugar hecho de madera con la fisonomía de un bar del lejano oeste, donde uno puede sentarse a leer libros gratis y llevarse un libro por 3 o 4 días dejando su DNI. Y donde proyectan cine los viernes, también gratis).

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Después de la siesta en las bancas de un parque y del respectivo baño en el mar, nos disponíamos, F., MD y yo, a buscar un buen lugar para chupar una Pilsen Trujillo bien helada y observar, en palabras del flaco Spinetta, cómo el día se sienta a morir.

Caminábamos laxos por la avenida principal, mientras algunas familias trujillanas y uno que otro turista intentaban pescar apoyados en la baranda del muelle. Finalmente, aterrizábamos en el segundo piso de una cevichería, donde empinábamos el codo y disfrutábamos de la puesta del sol, teniendo como primer plano la imagen a contra luz de los caballitos de totora incrustados en la arena y la sombra quieta de los surfistas que esperaban una buena ola, mientras unos músicos ambulantes ensayaban valses criollos.

Por la noche, teníamos dos opciones: ir a la ciudad, a la Feria del Libro de Trujillo- la excusa inicial de nuestra huída de Lima, donde un día antes habíamos presentado nuestras novelas- y compartir lisonjas con otros escritores, periodistas, editores e intelectuales y, si resultaba, vender unos libros. O quedarnos en Huanchaco e ir a una fogata. Un amigo y escritor prolífico, Tim, que venía de Pimentel, nos había invitado a una fogata junto a su simpática acompañante, Lesly, dos amigas de ella y sus pequeñas hijas. Sin embargo, antes que pudiéramos decidir a dónde íbamos a ir, nos encontramos buscando leña y piedras para construir la base de la hoguera sobre la arena. A la luz del fuego, entre chela y chela y risa y risa, después de conocer a dos madres jóvenes, solteras y luchadoras: Vivi, una pisqueña que trabajaba en el hostal Naylamp como cocinera, y Jesús, una masajista huanchaquera, una con ética y que “sólo hacía trabajos profesionales”- como siempre respondía a nuestras suspicacias-, mientras F. yacía perdido entre las rocas en sus incontinencias introspectivas y MD enterraba las chelas en la orilla para que no se calentaran, tuve una revelación: aquella noche habíamos decidido por la verdadera literatura.

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  1. Henry 14 enero 2010