Holandeses, musulmanes y judíos en Cochi

panaderosPara mi segundo día en Fort Cochi, el plan era visitar el cementerio holandés por la mañana y el barrio judío por la tarde, ya que ambos están situados en extremos opuestos de la península. Creo que no lo he mencionado antes, pero la Kochi que es hoy la capital comercial de Kerala, ha tenido una gran influencia europea desde que fue ocupada por los portugueses en 1503, convirtiéndose en el primer asentamiento occidental en la India. En 1663 tomaron el relevo los holandeses que gobernaron durante apenas un siglo, pues cedieron pronto el control de la zona a los británicos, quienes durante los casi tres siglos siguientes expandieron y mejoraron su importante puerto.

Cuando yo visité el cementerio holandés, su verja de acceso estaba cerrada pero, dadas las pequeñas dimensiones del mismo, con la mirada se abarcaba su interior sin mayor problema. Aparte del “1724” en el muro, se podían leer otras fechas, del siglo XVIII, y los nombres de marinos, comerciantes y colonos que yacen desde hace siglos muy lejos de los Países Bajos.

carniceriaBuscando el camino más corto hacia el barrio judío, acabé llegando a una pequeña playa a la entrada del puerto, desde la que se divisa perfectamente el ajetreo de los buques que entran y salen del mismo. También tropecé de casualidad con uno de esos contrastes que convierten a India en algo tan chocante para los sentidos. En una explanada, un grupo de coloridas construcciones de inspiración europea, todas cerradas en ese momento, constituían un “Food Court” (zona con establecimientos de comida) inaugurado a finales de 2004. Junto a ellas pastaban tranquilamente un grupo de cabras a las que unos perros miraban con aire despistado. Al lado se rebozaban en un charco un grupo de vacas, que más parecían búfalos de agua en un río africano.

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especiasTras un largo paseo atravesando barrios con mezquitas y carnicerías halal, tropecé con lo que según mi mapa era Jew Town, la ciudad judía. Pero se equivoca quien espere encontrar rabinos y judíos ortodoxos con trenzas paseando por sus calles, como si estuviera en Jerusalem o un barrio de Nueva York. No, eso es cosa del pasado y en esa zona lo que se encuentra es una típica vida de barrio en la que conviven pacíficamente hindúes y musulmanes. Mujeres con el pelo cubierto o con velo van a la compra mientras hombres con longi (una prenda tubular que cubre de la cintura a los tobillos y que también es típica de Birmania), charlan en puestos callejeros sin soltar su vaso de chai. Los niños juegan al cricket entre el ocasional paso de algún rickshaw y sustituyen el “Hello!” por el “Salam aleikum” y se les ponen los ojos como platos cuando les replico acertadamente con un “Aleikum salam”, entreabren la boca y rápidamente sueltan una carcajada y no tardan en cuchichear entre ellos.

Mi paseo continúa entre edificios que parecen necesitados de una mano de pintura o a punto de derrumbarse, aunque continúan funcionando como pequeños negocios que tratan con especias como clavo, comino o pimienta.

Con la llegada de mi última noche en Cochi, asistiré a una representación de Kathakali, tras haber comprado, por 200 rupias, la entrada en mi hostal, pero eso os lo contaré en otro post.

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