Gurué y trekking al Monte Namuli de Mozambique (Parte 5)

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Por fin, después de un par de días de caminata, habíamos llegado a la pequeña aldea situada en las faldas del sagrado Namuli. Allí esperábamos sentados al regreso de la persona que debía bendecir nuestra escalada al monte: La Reina de la Montaña (A Rainha da Montanha).

Después de algo más de una hora, la vimos llegar acompañada de su marido y otro hombre. Era una reina con un escaso séquito, pero reina al fin y al cabo. Además, su marido llevaba una chaqueta de chandal que me hizo pensar que otros españoles habían pasado por allí antes que yo… O éso, o la Asociación de Parques y Jardines de Alcorcón había mandado ropa para patrocinar al rey consorte.

La Reina de esta aldea, fundada sobre bases matriarcales, se sentó en una banqueta y comenzó una función que nos hizo dejar de creer en la magia del sagrado Namuli.

Nosotros habíamos llevado en las mochilas los presentes que nos habían aconsejado ofrecer a la Reina. A saber: 1 kilo de arroz, otro de harina, otro de azúcar, otro de pasta y una pequeña botella de ron de coco (eso fue cosecha propia). Tras una breve presentación -usando un intérprete que traducía nuestro portugués al dialecto tribal- la Reina nos preguntó qué nos llevaba al Namuli. Le comentamos nuestro viaje por Mozambique y cómo habíamos oído hablar en Vilanculos sobre este lugar especial.

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La conversación se alargó unos minutos más hasta que llegó el punto crucial. Sacamos nuestras ofrendas y la Reina torció el gesto de manera automática. Lo que más le gustó fue el ron. Lo bebimos todos en unas tazas que sacó de la nada uno de sus súbditos. Cuando hubo apurado su taza (de un solo trago) nos soltó, simple y llanamente y en perfecto portugués, que le teníamos que pagar 600 Meticais cada uno para que ella rezara a los dioses y el clima nos fuera favorable cuando, a la mañana siguiente, intentáramos subir a la cima del Namuli.

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Ahí se acabó todo el misticismo que pudiera tener el lugar.

Tras un rato de discusión -ni siquiera teníamos ese dinero con nosotros- decidimos que bien podían quedarse con su montaña porque para nosotros el camino había sido tan gratificante que subir una montaña nos daba exactamente igual. Al menos, la Reina sí que tuvo el buen corazón de acogernos bajo su techo esa noche.

Fuimos caminando hasta la zona de casas en la que se encontraba parte de su familia. El rey consorte, un personaje mucho más simpático y cercano que la Reina, nos prestó unas esterillas y los tres nos tumbamos a descansar a la luz de un Sol que por fin comenzaba a perder fuerza, haciendo la vida algo más fácil a los pobres mortales que intentan vivir en estas zonas de calor infernal.

Descansando en la casa de A Rainha

Descansando en la casa de A Rainha

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No tuvimos mucho contacto con el resto de las personas que vivían allí. Cenamos algo de arroz y nos quedamos maravillados contemplando los centenares de estrellas que aparecieron para iluminar el cielo. En esos lugares del Mundo donde no hay nada de contaminación lumínica, las noches están hechas para no dormir ni un solo minuto… Salvo cuando la temperatura baja a menos de una decena de grados y no tienes nada de abrigo. Así que claudicamos y dormimos en el suelo del palacio real.

Esta vez ninguno de los tres conseguimos dormir nada. El frío y la dureza del suelo nos lo impidió. Por fin, a las 5 de la mañana, los primeros rayos de luz se filtraron por debajo de la puerta. Nos levantamos de un salto, cogimos nuestras cosas y nos pusimos en marcha sin despedirnos de nadie. Lo más parecido a una huida vergonzosa en mitad de la noche.

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El camino de vuelta hasta la casa de nuestro amigo Namuli fue un regalo para los sentidos. Ya sin prisas, pudimos disfrutar de un buen baño en el río que cruzamos a la ida, tener un encuentro fabuloso con los niños de una de las escuelas a la vera del camino y explorar una de las cascadas que vimos al fondo de un barranco.

El camino de vuelta fue mucho más relajado

El camino de vuelta fue mucho más relajado

Ya atardecía cuando llegamos de nuevo a la aldea de Namuli. Los niños nos recibieron con gritos de alegría y las caras del patriarca, su mujer y los otros adultos que vivían con ellos -no nos quedó claro su parentesco- denotaban alivio. No sabían qué nos había podido pasar para no volver a dormir la noche anterior, tal y como habíamos prometido. Le intentamos explicar el tema de las distancias y nuestra aventura con la Reina, pero su cara de incredulidad no cambió lo más mínimo así que abandonamos el relato y le contamos las bondades del paisaje y la gente que nos habíamos cruzado.

Esa noche cenamos de nuevo lo cocinado por nuestra nueva familia mozambiqueña y nos quedamos hablando un rato con Namuli. Intercambiamos información y visiones de la vida que llevaba cada uno en su Mundo. Mundos tan distintos que parece que no se encuentren bajo el mismo Sol. Namuli abría los ojos sorprendido cuando le hablábamos de las costumbres occidentales y nosotros intentábamos absorber todo lo que nos contaba de sus tradiciones tribales.

Era nuestra última noche en las profundidades de las montañas de Mozambique. Nos quedaba una tranquila jornada de regreso a Gurué entre campos de té, riachuelos y anchos caminos.

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Los dos Namulis -el de carne y hueso y el granítico- nos observaban en el momento de nuestra partida. Íbamos tristes. Nos volvimos tal y como hizo la mujer de Lot hacia Sodoma y Gomorra, pero nosotros no nos convertimos en sal porque no contemplábamos un monumento a la perdición, sino todo lo contrario. Atrás quedaban los recuerdos de los días más bellos vividos en esta perla africana que es Mozambique. Luz cegadora, paisajes amables, gentes puras… Daba igual no haber subido al mítico monte porque nos habíamos dado cuenta de que el secreto, el misticismo, la vida en su más pura esencia…África… Se nos apareció en el camino.

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