Explorando Zege con Yohannes, el futuro monje etíope

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La ciudad de Bahir Dar, a orillas del lago Tana, es uno de los destinos vacacionales principales para los etíopes de clase media-alta que se pueden permitir unos días de asueto. Bares, restaurantes, grandes hoteles y ocio se concentran alrededor del lago más grande y mítico de Etiopía.

Durante los cuatro días que pasé en Bahir (que significa “mar” en amárico) conocí, no sólo la ciudad, sino también los alrededores. El domingo, sin tener un plan definido, decidí ir a la península de Zege.

Zege es una pequeña población con un par de calles de arena a las que se asoman precarias casuchas y algunos puestos de mercado. Para llegar hasta allí, la mejor manera es hacerlo con alguno de los autobuses públicos que salen de la estación de Bahir. El viaje en autobús, que lleva más de una hora para recorrer 23 kilómetros por caminos de tierra, es ya una experiencia en sí. Los autobuses etíopes, como en tantos otros lugares de África, no salen hasta que están completamente llenos. Esto significa que irán tres personas en dos asientos y tanto el techo como la bodega, si las tiene, irán llenos de bártulos de los pasajeros. Si le sumas el calor, es un cóctel explosivo.

Pasó cerca de hora y media antes de salir de la estación. La espera se hace medio amena porque no paran de subir niños vendiendo chicles, refrescos, baterías de móvil o comida, y mutilados, pobres y religiosos, pidiendo donaciones o limosna.

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Al ser el único blanco, muchos me miraban para matar el tiempo y yo respondía con una sonrisa. La mayoría de los pasajeros eran monjes que iban a la fiesta religiosa.

Justo antes de marcharnos subieron dos italianos, un hombre mayor y una mujer joven y guapa, que ocuparon los asientos cercanos al conductor. Cruzamos la mirada como aquel que dice “¡hay más blancos!”, pero no pasó de ahí.

En Zege nos dejaron en la calle principal y allí se me abalanzaron los guías turísticos que querían acompañarme a Ura Kidane Mihret, una iglesia ortodoxa levantada en el siglo XVI que se erige como principal atractivo turístico de la zona. Pero no era la iglesia lo que me apetecía ver en Zege. El lago Tana bañaba una península de especial verdor y donde aún quedaba un pedazo de bosque etíope originario. Monos y pájaros de vivos y brillantes colores añadían color y vida a los árboles y plantas.

Pero Yohannes no sabía cuáles eran mis intenciones, así que me detuvo igualmente. Yo ya había rechazado al resto de guías muy amablemente, con la ayuda de mi exiguo amárico y la de un profesor de inglés a quien había conocido en el autobús. Él era de Zege y conocía a Yohannes, diciéndome que era buen chaval.

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Igualmente, después de casi una semana en el país con Manu, y siendo el centro de atención de las miradas de los etíopes, me apetecía tener un día solo, a mi aire, recorriendo el bosque a mi ritmo y buscando la orilla del Tana. Así que rechacé también la compañía de Yohannes, pero la voluntad de los etíopes y su hospitalidad no son fáciles de doblegar.

Tangkwa en el Tana

Tangkwa en el Tana

Comencé a caminar solo, siguiendo las indicaciones del profesor de inglés. Subí una pendiente de tierra rojiza que salía del pueblo y te llevaba a una senda ancha que se internaba en el bosque. Al ser el camino tan ancho, no podía cobijarme del inclemente sol que barría todo en esas primeras horas de la tarde. Caminaba lentamente, observando los grandes árboles africanos y, a mi derecha, las suaves pendientes verdes que descendían a las aguas del Tana.

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No pasaron más de quince minutos antes de que viera a Yohannes subir la pendiente detrás mía. Avanzaba mucho más rápido que yo sin parecer que realizara el mínimo esfuerzo. Me alcanzó en pocos minutos y me sonrió con una dentadura perfecta, en color y forma. Me rendí ante la evidencia de que no podría escapar de semejante sabueso y le devolví la sonrisa.

Yohannes me aseguró que no me iba a intentar cobrar nada y simplemente iba en esa dirección porque regresaba a casa. Me dijo que estudiaba para ser monje. Es una profesión que te asegura cierto nivel cultural y comida diaria, ya que las donaciones de los etíopes suelen ser generosas, incluso de los que no tienen mucho. Sin embargo, también tenía cierta vocación médica y dudaba en dejar su incipiente carrera clerical para tomar la senda del bisturí y el fonendoscopio. No lo tenía nada claro.

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Su inglés, por el contrario, era bastante diáfano. Lo hablaba muy bien, muy por encima de la media de lo que encontré en el país. Yohannes aseguró ser un buen estudiante y no lo dudo lo más mínimo. Hablamos de todo un poco: política etíope, su familia, estudios, su vida en Zege, sus aspiraciones, sus conocimientos sobre otros países… Mientras tanto, cruzábamos el bosque por una senda que no habría encontrado de haber hecho solo el camino. Era mucho más estrecha que la principal y se internaba en la vegetación de forma sinuosa. Caminamos durante casi una hora, refrescados por las sombras de los árboles, hasta llegar a Ura Kidane Mihret.

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Me conformé con ver su exterior, de forma circular y carente de atractivo alguno, y asomarme a su interior, donde los frescos y paredes y retablos arcaicos estaban siendo admirados por mis compañeros italianos del autobús.

Decidí no entrar y descendimos la larga pendiente que llevaba directamente al Tana. En la verde orilla, unos chavales conversaban y reían hasta que nos vieron llegar y pararon la conversación. Nos miraron y saludaron a Yohannes con unas risas y palabras en amárico. Imagino que le dirían algo así como “¿Qué haces con ese faranji?(así llaman al hombre blanco en Etiopía)”. Yohannes le respondió algo en su idioma, se rió también e hizo un ademán con la mano.

Bus a Zege

Bus a Zege

Nos quedamos en un rincón, sentados sobre unas rocas y contemplando el vasto lago. Un pescador faenaba cerca de la orilla, sobre su pequeño tangkwa (embarcación etíope hecha con ramas de papiro). Lo demás era quietud absoluta. En este lago, dice la leyenda, estuvo escondida el Arca de la Alianza y la Virgen María paró a descansar en su viaje de regreso de Egipto. Los etíopes creen ambas con total fervor.

Se hacía tarde y debía regresar si no quería perder mi autobús de vuelta a Bahir así que me despedí de mi nuevo amigo y prometí escribirle. Tomé la senda ancha y no me llevó más de una hora llegar al pueblo de Zege.

Un par de autobuses descansaban sin ningún movimiento alrededor. Cuando pregunté a qué hora salían me contestaron con un: “quizá mañana”. La perspectiva de dormir en Zege se presentaba como una total aventura que no me desagradaba pero no podía perder el ferry que saldría a las 7 de la mañana de Bahir al día siguiente. No habría otro barco hasta siete días más tarde.

El conductor etíope supo de mi desesperación y quiso hacer negocio con ella. Me pidió 300 ETB por un viaje que me había costado 15 ETB a la ida. No tenía otra opción pero tampoco tenía los 300. De una de las calles apareció mi salvación. Los italianos también seguían en el pueblo y buscaban la manera de volver. Acordamos poner 100 ETB cada uno y compensar así al conductor por salir con el autobús medio vacío. Pero un etíope siempre va a ser más vivo que tú. Salíamos media hora más tarde rumbo a Bahir. El cascarón con ruedas estaba lleno hasta los topes y nosotros habíamos pagado los 300 igualmente. El conductor tuvo un humor excelente durante todo el viaje y nos dejó en la puerta de nuestro hotel de Bahir, despidiéndose con una amplia sonrisa.

Grande Etiopía.

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