Etiopía en bruto: cruzando el lago Tana en ferry (Parte 1)

El trozo de hierro con el que cruzaríamos el Tana

El trozo de hierro con el que cruzaríamos el Tana

Etiopía es un país que exige mucho, pero da mucho más a cambio. En mi segunda experiencia de viaje de varias semanas por tierras africanas fui sorprendido por una dureza física y psicológica que me dejó extenuado en más de una ocasión pero me regaló una serie de vivencias que dejaron una impronta imborrable en mi corazón y espíritu.

Una de las más destacadas fue, sin ninguna duda, el cruzar el mítico lago Tana en un ferry que sólo es utilizado por la gente local.

El Tana es el lago más grande de Etiopía pero su misticismo e importancia van más allá de ser fuente de agua y alimento para muchos etíopes. Al menos casi una veintena de sus cerca de cuarenta islas han sido o fueron habitadas en algún momento. En ellas encontramos iglesias cristianas que fueron levantadas con materiales rudimentarios hace muchos siglos.

Un lago de leyendas como la que afirma que el Arca de la Alianza, tan buscada por Salomón – e Indiana Jones- pasó un tiempo escondida en una de sus islas, Tana Cherkos. La misma en la que, dicen,  la Virgen María descansó durante su viaje de regreso de Egipto y enterraron a Frumentius, el hombre que introdujo el cristianismo en Etiopía.

En mi "camarote privado". Foto (C) David Escribano

En mi “camarote privado”. Foto (C) David Escribano

De todas las leyendas me quedo con la que afirma que Pedro Páez, un jesuita español, fue el primer europeo en descubrir aquí, en el siglo XVI, las fuentes en las que nace el Nilo Azul.

Una lástima que todos estos míticos acontecimientos ocurrieran mucho antes de que yo me cargara la mochila al hombro una cálida madrugada de finales de marzo, listo para dejar mi hotel de mala muerte y dirigirme hacia el puerto de Bahir Dar, donde el ferry que atraviesa el lago Tana debía partir a las 7 de la mañana.

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Pero encontraría otro tipo de leyendas y hechos especiales en mi aventura.

Era lunes y emprendía mi segundo intento de abordar el barco. La mañana anterior un guarda me había impedido el paso al muelle a las 6 de la mañana. Mi cara de sorpresa fue mayúscula ya que sabía con total certeza que el buque sólo realizaba el trayecto desde Bahir Dar a Górgora, en el extremo norte del Tana, el domingo de cada semana. Pero no tuve en cuenta las posibles festividades religiosas y ese domingo hubo una.

Esta vez tuve más suerte. Atravesé la garita de vigilancia e intercambié un saludo con el guarda del día anterior. Como la inmensa mayoría de los etíopes, era un hombre amable de buenos modales. Caminé unos metros hasta alcanzar la verja que daba acceso directo al muelle. Estaba cerrada y un grupo de unos 60 hombres, mujeres y niños se agolpaban esperando a que la abrieran.

Cargando el ferry para la salida. Foto (C) David Escribano

Cargando el ferry para la salida. Foto (C) David Escribano

Todo el mundo cargaba fardos de distintos tamaños y me miraban con ojos de sorpresa. Tenían razones para ello.

El lago Tana es un lugar relativamente importante en el recorrido turístico que cubre el norte de Etiopía. Sin embargo, no hay mucho turismo occidental en este país y, sobre todo, los que vienen aquí tienen opciones mucho más rápidas y cómodas – y poco más caras – de descubrir los secretos de la cuna del Nilo Azul. Nadie o casi nadie opta por tomar un ferry que se cae a pedazos, no tiene ningún tipo de comodidad (ni seguridad) y tarda casi dos días en cubrir el trayecto completo.

Yo tenía claro, desde el primer momento en que pensé en viajar a Etiopía, que esta iba a ser una de mis aventuras en el país. Me había inspirado el relato de Páez y el hecho de saber que Javier Reverte, el popular escritor de viajes con el que me tomé una cerveza informal en Madrid, había realizado ese mismo trayecto unos 14 años antes que yo.

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Así que ahí estaba yo, rodeado de oscuras caras intrigadas y cargando una mochila que contenía mi vida en menos de 12 kilos.

En cuanto abrieron la verja un funcionario del puerto se me acercó y me acompañó a comprar el billete. El precio pagado (unos 280 Birr) fue más de cuatro veces superior al que pagarían mis compañeros de travesía. Es un precio faranji (así llaman en Etiopía al hombre blanco) y no creas que por ello te corresponde un asiento o cuartito con mayores comodidades. Viajaba como el resto de pasajeros y era feliz por ello.

Uno de mis mejores amigos en el barco. Foto (C) David Escribano

Uno de mis mejores amigos en el barco. Foto (C) David Escribano

Realmente, después de haber probado el transporte por las carreteras del país, se me hacía complicado pensar en algo que fuera más incómodo que esos asientos de bus o furgoneta que me había tocado chuparme. Me atraía la perspectiva de viajar a bordo de esa chatarra flotante, sobre un duro banco situado al aire libre, cercano a la barandilla que nos separaba de las históricas aguas del Tana, y con la brisa dándome en la cara.

Una vez había comprado el billete, la tripulación me indicó que embarcara. El sol, cuya poderosa salida no podía ver desde el barco, comenzaba a teñir de naranja los cielos etíopes mientras varios operarios se denodaban para conseguir trasladar toda la mercancía desde el muelle al barco. Realmente, partíamos bastante ligeros. Unos cuantos sacos ocupaban la parte central, acompañados por cajas de madera, varas de aluminio y cajones de refrescos.

Casi al horario establecido, todo un milagro en esta tierra, nos poníamos en marcha.

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Me había sentado en uno de los bancos del lado de estribor y, nada más llegar, se habían ido arremolinando a mi alrededor varios niños y algún que otro adulto. Miraban todo con curiosidad. Mi mochila, la pequeña cámara roja digital, la guía de viaje, mi cuaderno de notas, las gafas de sol, las zapatillas de trekking… Y a mí. Los adultos sentían algo más de reparo al hacerlo y apartaban la mirada en cuanto se encontraban con la mía. Pero los niños son mucho más atrevidos y despiertos por estas latitudes y no se cortaban a la hora de hacerme el chequeo completo.

Más amigos. Foto (C) David Escribano

Más amigos. Foto (C) David Escribano

Durante la hora que duró el lento trayecto hasta nuestra primera parada, la península de Zege, comencé a hacerme amigo de aquellos Niños Perdidos de piel de ébano.

Sólo llevaba una semana en el país pero había conseguido aprender algunas palabras de amárico, la lengua oficial de Etiopía. Eran muy básicas: agua, pescado, pollo, mar, gracias, ¿cómo te llamas?, ¿cómo estás?, los números hasta el diez… Ese tipo de cosas. Os aconsejo hacerlo en cualquier país pues siempre despertaréis la simpatía de sus habitantes, aunque sólo sea por haberlo intentado.

Cuando empecé a soltárselas a los chiquillos me los metí en el bolsillo. Se reían de mi pronunciación y me ayudaban a mejorarla. Al poco comenzaron a enseñarme nuevas palabras (lago, mar, cielo, sol, nubes, pescadores…) a cambio de algunas otras en inglés.

Saqué unas galletas para desayunar y las compartí con ellos. Me miraban con ojos tímidos cuando se trataba de aceptar un regalo.

Foto (C) David Escribano

Foto (C) David Escribano

Sus bellas caritas se iluminaron cuando comencé a mostrarles las fotos que había ido sacando durante esos primeros compases en el cruce del Tana. Estábamos llegando al precario muelle de Zege.

Hicimos la maniobra de aproximación y nos dieron media hora de parada para estirar las piernas mientras se descargaban unas pocas mercancías y se cargaban muchas más. Entre las gentes que esperaban en el muelle de Zege escuché a alguien que gritaba mi nombre: “Davidddddddd”. No me lo podía creer…

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2 Comentarios
  1. Elisenda Famadas Torres 19 julio 2016
  2. David Escribano 20 julio 2016

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