Etiopía en bruto: cruzando el lago Tana en ferry (Parte 4)

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El barco listo para salir de Konzula

El barco listo para salir de Konzula

El amanecer del segundo día de la travesía en ferry que me llevaría a cruzar el lago Tana, desde Bahir Dar a Górgora, fue el más bonito que contemplé durante el mes que duró mi viaje por Etiopía.

Arega aporreó la puerta de mi cutre habitación sobre las 5.15 de la mañana. Me preparé la mochila tras lavarme la cara en el caño del patio del hostal y comí un par de galletas y un plátano mientras mi nuevo amigo, el profesor de fisica de Konzula, me apuntaba su dirección de email y teléfono en un papel.. Después nos dirigimos hacia el muelle donde el desvencijado barco comenzaba a ser cargado hasta los topes con maderas, sacos y tangkwas.

El tangkwa es una pequeña embarcación, parecida a la piragüa, que es fabricada artesanalmente por los etíopes a partir de una planta llamada papiros (papyrus). Dejan secar el tallo y después van atando varios juntos. Es utilizada por muchos de los pescadores que faenan en el Tana.

Un tangkwa en Konzula

Un tangkwa en Konzula

Me despedí de Arega en el muelle con un sentido abrazo, dándole las gracias por haberme abierto su pueblo, su casa y su corazón. Le prometí que le escribiría cuando llegara a España.

Tras él, una inmensa bola de fuego naranja emergía de la orilla sur del Tana. Las filas de pasajeros del ferry iban subiendo a ocupar sus asientos sin detenerse un segundo a admirar esa potente maravilla de la naturaleza. Para ellos era algo cotidiano, pero a mí me mostraba, una vez más, la grandeza y el poderío de África. El astro rey se fue elevando rápidamente en un cielo raso que anunciaba otra jornada de asifixiante calor. Pero eso sería más tarde. En cubierta, mis compañeros de viaje se cubrían con pañuelos y mantas de diversos colores y diseños para protegerse de la fresca brisa del amanecer.

Mis jóvenes amigos comían unos mangos y me ofrecieron uno. Acepté encantado y comenzamos nuestras complicadas conversaciones, más basadas en signos y caras que en mi amárico o su inglés. Aun así seguí ampliando mi vocabulario gracias a su ayuda.

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Algunos niños más se habían unido a nuestro grupo en el puerto de Konzula. Los que ya me conocían desde Bahir Dar, me presentaban con orgullo y decían que era su amigo.

Amanecer en el Tana

Amanecer en el Tana

Volvieron a repetirse las escenas en las que les sacaba fotos, hacía algún baile con mi habitual descoordinación y poca gracia, o un cutre truco de magia con monedas. Los adultos también reían con cualquiera de estas cosas y se iban uniendo a nosotros. En su nobleza e inocencia, muchos de ellos son como niños a la hora de divertirse.

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Con toda esta algarabía se nos pasó el tiempo volando y atracábamos en el muelle de Delghi. Aunque de nuevo me esperaba una gran chiquillada en tierra, esta vez un chaval adolescente se erigió en su líder y mi anfitrión con pasmosa facilidad. Me guió por un camino de tierra que se internaba en la aldea si lo seguías recto y en la escuela si doblabas a la derecha y cruzabas un pequeño tramo boscoso. Le comenté que prefería ver el colegio y fue allí donde me llevó.

Era la hora del recreo y el revuelo que levantó mi presencia no puedo describirlo aquí. Cuando me quise dar cuenta, tenía dos o tres niños cogidos de cada mano, otro intentando saltar sobre mi espalda y decenas a mi alrededor. Apenas podía caminar sin tropezar. Un profesor habló conmigo y me comentó que la escuela era muy pobre, preguntándome también si yo formaba parte de alguna organización en mi país que pudiera ayudarles. Cuando ocurren estas cosas se te cae el alma a los pies. Le dije que no, pero que me diera un email para ver si, a mi regreso, podía contactar a alguien que pudiera hacer algo por ellos. Para él pareció ser suficiente, pero yo sabía que no lo sería.

La pareja más bonita que vi (sobre todo ella). Foto (C) David Escribano

La pareja más bonita que vi (sobre todo ella). Foto (C) David Escribano

Me fui un poco apenado y regresé de vuelta al ferry subido a una carreta tirado por un escuálido caballo. Antes de marcharme fotografié a una pareja de novios que me insistieron en ello. La chica fue la criatura más bella que vi en todo el mes. Sus facciones eran perfectas. Ojos grandes, rasgados, oscuros y expresivos. Una dentadura blanca como el marfil, de proporciones y alineación perfecta. Era muy tímida y fue su novio el que la convenció para que mirase a la cámara.

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Dejábamos atrás otra aldea en este periplo de emociones encontradas por las aguas del lago más grande y sagrado de Etiopía.

La penúltima parada apenas tuvo historia ya que era un pueblo de mayores dimensiones, con algo de asfalto y en el que no exploré absolutamente nada debido al infernal calor que barría sus calles a esa hora del día.

tana-lago-etiopia

Llegaba el final del viaje. La gente comenzaba a sentir el cansancio y las conversaciones comenzaron a decaer. El viejo barco de hierro avanzaba lentamente por el lago con el ruido de su sufrido motor como única banda sonora. Las últimas islas, densamente pobladas de vegetación, se deslizaron en nuestra zona de estribor poco antes de avistar el puerto de Górgora.

No era nada espectacular. Un muelle de piedra, algo más ancho que los anteriores, pero de igual aspecto desvencijado.

Los monjes ortodoxos que viajaban con nosotros fueron los primeros en apearse. Yo me fui despidiendo de todos mis compañeros de ese fantástico viaje. Habían sido mi familia durante un par de días. Mis guías en el Tana, ese lago donde, según la leyenda, la Virgen María descansó en su viaje de regreso de Egipto y los poderes del Arca de la Alianza estuvieron ocultos, durante años, a los ojos del mundo en general, e Indiana Jones en particular.

Una experiencia que os he intentado contar aquí en cuatro capítulos pero que queda grabada en mi corazón y espíritu como uno de los viajes cortos más gratificantes que hice jamás.

Etiopía en bruto: cruzando el lago Tana en ferry (Parte 4)
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Una respuesta
  1. Melissa Torres 7 septiembre 2015

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