Escapada de dos días desde Barcelona

Las visitas de verano son algo tan habitual si vives en Barcelona que durante algunas semanas dejas el sofá cama en su posición horizontal a la espera del siguiente amigo que se dedique al verdadero couchsurfing de proximidad afectiva. En muchas ocasiones los visitantes ya conocen la ciudad así que toca sorprenderles con alguna escapada a los alrededores de Barcelona. En esta ocasión describiremos una escapada por el interior de Cataluña de dos días que realizamos en coche.

Antes de preparar la ruta no tenía claro si escoger mar o montaña. Por un lado, la temporada veraniega satura el litoral y las playas se encuentran a rebosar de turistas aunque eso no debería impedir visitar alguno de los rincones más bonitos de la costa. Por el otro, las montañas han ido perdiendo ese vigor primaveral y los verdes han dejado paso a un amarillo desgastado aunque eso tampoco debería ser razón para no visitar algunas de las panorámicas más bonitas del Pirineo catalán. Como no me decantaba por un lado ni por el otro, finalmente me decidí por ambas propuestas en una.

El cocktail tuvo toda una serie de ingredientes variados que crearon un estupendo sabor al paladar: unos toques de historia y cultura a través del legado románico y gótico en Cataluña, aventuras a lomos de volcanes muertos, paseos alrededor de lagos, pueblecitos medievales y visitas a calitas perdidas por la costa Brava. Todo ello en un par de días y una noche.

Por la mañana del sábado escapamos de Barcelona y tomamos la C17 rumbo a los Pirineos.

Tras un poco más de una hora llegamos al primer destino, Ripoll, donde el monasterio de Santa María de Ripoll nos esperaba. Un rápido paseo por el casco antiguo y la visita obligada al monasterio (5.50 euros) precedieron un generoso menú a 10 euros en uno de los restaurantes locales.

Lo mejor del monasterio de Ripoll, sin duda, es el espectacular pórtico que se remonta al siglo XI y es lo único que queda de esa época. Lo demás se construyó posteriormente aunque no pierde el encanto arquitectónico del lugar.

Volvimos al coche y seguidamente nos acercamos al vecino pueblo de Sant Joan de les Abadeses. Lo primero que sorprende al llegar a este municipio de la comarca del Ripollés es su curioso puente románico que parece levantarse hacia el cielo en una “v” invertida. A sus pies transcurre el Ter que en esta época del año su caudal se encuentra a rebosar.

La portada del Monasterio de Santa María de Ripoll

La portada del Monasterio de Santa María de Ripoll

Visitamos el monasterio de Sant Joan de les Abadeses. La entrada general es también de 3 euros. El monasterio es una de las perlas más bonitas del románico catalán cuyos inicios se remontan al siglo IX y se encuentra en un impecable estado de conservación.

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Dejamos por un rato la cultura y con el coche nos internamos en la zona de la Garrotxa. El valle de Bianya mostraba sus mejores colores gracias a las lluvias de este año y fue una delicia recorrerlo en coche.

Paramos en el parking del volcán de Santa Margarida donde en su amplio cráter circular se encuentra la ermita que le da nombre al volcán. La caminata es de unos cuatro kilómetros con una breve ascensión cuya parte final se empina de manera abrupta aunque es apta para todo los públicos con dos piernas en aceptable funcionamiento. Tras la subida uno se adentra hacia el interior del cráter, ya con signos de vegetación desde hace siglos, y descubre la curiosa iglesia que se levanta en su interior y lleva el nombre del mismo volcán.

El volcán de Santa Margarida según la época del año

El volcán de Santa Margarida según la época del año

Volvimos al coche y nos dirigimos a Santa Pau. Otro pueblo medieval en el interior de la Garrotxa que no tiene desperdicio. El conjunto medieval de Santa Pau, con sus muestras de gótico y primer renacimiento, son un ejemplo del poder que tenía la nobleza del pueblo durante la edad media. La plaza porticada gótica, la iglesia, las casas adosadas en la plaza con sus pórticos arqueados, la antigua muralla y el castillo fortaleza del siglo XIII son muestras de un espléndido conjunto medieval en perfecta conservación.

El instinto natural me pedía seguir camino hacia el sur pero al encontrarnos a finales de abril los días son largos y decidí escaparme de la ruta y volver hacia el norte para añadir dos puntos más en nuestra primera jornada.

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Nos acercamos a Besalú donde realizamos un pequeño itinerario por el antiguo barrio judío del pueblo que, sin lugar a dudas, es una fuenta de riqueza y cultura. Durante la edad media el condado de Besalú fue el centre político y cultural de Cataluña y sus calles empedradas, sus inglesias románicas y su puente fortificado del siglo XI son testimonio de su pasado glorioso.

La espectacular puesta en escena de Castellfollit de la Roca

La espectacular puesta en escena de Castellfollit de la Roca

Contemplamos Castellfollit de la Roca desde la misma carretera. Un riscal de columnas basálticas sostienen a 50 metros de altura el pueblo de Castellfollit de la Roca. Sin duda alguna, uno de los lugares más sorprendentes de la zona volcánica de la Garrotxa. Su origen radica en la superposición de dos coladas de lava.

Era momento de empezar a buscar algún lugar donde dormir. Tomamos la carretera en dirección sur y de una tirada nos acercamos a Banyoles donde todavía encontramos la oficina de turismo abierta. Un mapa de hostales y pensiones y, gracias a las pequeñas proporciones del pueblo, pudimos acercarnos a tres posibles candidatos para esa noche.

Existe un albergue internacional muy cercano al centro del pueblo donde nos ofrecieron una cuádruple asegurándonos que nadie la más la ocuparía por 18 euros por persona, desayuno incluido. La litera no era nuestra predilección así que le echamos un ojeada alguno de los hostales del pueblo.

Vistamos uno llamado Sprint que en esa época del año tenían alojados a los deportistas internacionales de la selección española de remo. Tenían habitaciones libres pero la señora nos indicó que los deportistas se encontraban en concentrados para preparar su entrenamiento y mejor sería que andáramos buscando otro hostal.

Lo encontramos cerca del lago de Banyoles. Por 40 euros nos salió una más que aceptable doble con baño en el hostal La Paz.

Dimos un paseo por el enorme lago de Banyoles y luego nos pasamos por la plaza del pueblo a cenar.

El lago de Banyoles

El lago de Banyoles

La plaza de Banyoles es una delicia. Cuesta hoy en día encontrar una plaza con arcadas y arena en su interior. Alrededor de la plaza existen unas cuantas terrazas donde cenar unas buenas tapas a buen precio y sobre la arena de la plaza juegan los chavales hasta altas horas de la noche; algo ya inexistente en la mayoría de ciudades del mundo desarrollado.

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Por la mañana, tras el desayuno, nos dirigimos a Girona: una de las ciudades más bonitas de la península. El río Onyar besa las famosas casas pintadas de lindos colores y tras ellas se esconde el laberíntico barrio judío bien conservado. Sobre él se levanta imponente la catedral de Santa María desde donde se tienen preciosas vistas de la ciudad.

La magnífica cala de Sa Tuna

La magnífica cala de Sa Tuna

Tras pasear un buen rato por Girona nos dirigimos en dirección a la Costa Brava. No obstante, hicimos un alto por el camino para pasear por las empedradas y bonitas calles de Peratallada. Según mi parecer; demasiado conservado para ser un pueblo real.

Más real encontré el vecino pueblo de Palau Sator donde ya puede verse un poquito de la realidad agraria de esta zona.

La siguiente parada antes del llegar al mar fue en el pueblo de medieval Pals. La iglesia a lo alto de la colina nos esperaba y paseamos por sus tranquilas y laberínticas calles hasta llegar a lo alto del pueblo. Desde ahí uno puede ya divisar el mediterráneo y otear el largo horizonte hasta las faldas del Pirineo.

Llegamos a la playa. Begur y su castillo en ruinas fueron las puertas al Mediterráneo.

Iniciamos el descenso entre los abundantes pinos de la cordillera del litoral en dirección a la cala de Sa Tuna. Una de mis preferidas, especialmente por los recuerdos de infancia que me trae. Tras un paseo por las rocas nos dirigimos a Aiguafreda.

Acabamos la ruta playera en la playa el Recó donde nos pegamos un festín espectacular de marisco y arroz negro por unos 30 euros por cabeza en el restaurante Mar Blau. En la misma playa existen un par de restaurantes donde se come al aire libre y con vistas a la playa y al cabo de Creus al fondo. Mejor imposible.

Volvimos a la realidad, al coche y a la autopista que en aproximadamente hora y media nos devolvió a Barcelona tras un fin de semana bien aprovechado repasando lo mejor de la provincia de Girona, un lugar en el mundo del que nunca me cansaré de visitar.

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