Eppur si muove


Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Guadalupe Herrero.

Dedicado a los “limitados” en cualquier grado por cualquier circunstancia.

Un terrible esguince producido del modo más prosaico entre los consabidos, y una fractura, cuya inmovilización durante seis semanas me obligó a caminar con muletas más de dos meses, truncaron mis planes de esta primavera. El valle del Jerte tendría que esperarme otro año.

Maldije mi suerte y me despedí de las soñadas imágenes de los cerezos en flor que tantas veces había contemplado en fotografía durante el último año; me habían llegado en un archivo electrónico la primavera anterior y, como un flechazo, quedé fascinada por su belleza y me obsesioné por acudir a la floración de aquel paraje. El solo pensamiento de la llegada al lugar me transmitía serenidad; cerrar los ojos e imaginar la blancura del espeso ramaje me atraía como pocas veces me había sucedido con ninguna otra cosa.

Atrás quedaron también las reflexiones sobre las docenas de viajes y excursiones hechas a destinos muy distantes que siempre se me antojaban más apetecibles quizá por su lejanía. Y mi firme propósito de comenzar a disfrutar, con el Jerte, de una lista de lugares a los cuales hubiera acudido ya, con seguridad, si me hubieran resultado más inaccesibles; así somos los humanos, contradictorios y dominados por deseos que, por propia definición, lo dejan de ser en cuanto se cumplen.

Inspirada por tales pensamientos había colocado esta excursión en el lugar primero entre otros que quedaron pendientes en la época que se produjo para mí “el salto” de la acampada libre y las travesías, a destinos más exóticos que implicaban más de un trayecto aéreo, y que aceptaba inmediatamente pese a mi terror a volar.

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Y entonces, cuando ya pensaba que mi nueva filosofía se había agriado antes de probarla, cuando ya la famosa floración se había producido ante mis ojos puestos en el televisor, añadiendo a ellas las fotos enviadas por dos queridas amigas que sí fueron a deleitarse del Jerte desde su Madrid de adopción; cuando me di cuenta que ya estaba dos meses gustando de imágenes ajenas, cuando ya los días de trayectos limitados me pesaban más que los libros y las películas disfrutadas, me negué a aceptar sin más mi reducción de movimientos y decidí que, si bien no podía hacer el tan deseado viaje, sí podía alterar el orden de mi “lista” según me pareciera. Que para eso son los planes y “las listas”…Y la vida.

Llené una pequeña bolsa con ruedas con apenas equipaje para un fin de semana, compré por internet un billete a Madrid y, con un el par de amigas como cómplices esperándome allí, hice noche en su casa de la capital, cogimos el AVE a Córdoba al día siguiente y, muleta en mano todavía, llegamos a la ciudad a las 10 de la mañana.

Doce horas para ver la impresionante y multifacética Córdoba en plena semana de exhibición de sus patios floridos y sus rejas en concurso.


Un día espléndido, una comida reposada, sus empedradas calles acogiendo los pasos de los visitantes con la calma de un pueblo sin tráfico y sin prisas. Las murallas, la judería, sus estrechas calles limitadas por reivindicaciones vecinales, el museo del original pintor que resultó ser un impacto inesperado para mí al reconocer su obra a unos centímetros de mis ojos.

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Las rejas de los balcones y las paredes de sus patios salpicadas con macetas exageradamente plenas de geranios; balcones completamente tapados por las flores desbordantes. ¡La mezquita!

Mientras estuve allí sentí que el mundo había parado de moverse; me encontré “en casa” en el mismo instante que traspasé las murallas.

El disfrute de aquel día borró de mi memoria el triste regusto de la pérdida de actividad física que me había llegado a resultar angustiosa.

No pude olvidar la exuberante Córdoba en muchos días.

Durante unas semanas, por primera vez en muchos meses, no me acordé de las fotos de los cerezos del Jerte.

Habrá más primaveras; me esperan la próxima.

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