El viaje del Grial

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Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Lorena Boluda.

La historia de la que os voy a hablar ocurrió hace apenas un año, cuando conocí a mi gran amor.

Llevábamos apenas tres meses de noviazgo, cuando la aventura llamó por primera vez a nuestra puerta y juntos emprendimos aquel viaje.

Como nos distanciaban bastantes kilómetros, decidimos hacer un viaje, que nos permitiera estar más tiempo juntos y de paso conocernos. Y ese viaje lo titulo hoy como el viaje del grial.

Por aquellos tiempos, no dejábamos de hablar por teléfono sobre los grandes enigmas del mundo. Como a los dos nos encantan los mismos temas, digamos que aquella información llegó a mis manos en el momento adecuado y no antes.

Nacida en Valencia, algunos pensaran que mi cultura es escasa o nula, pero de verdad os digo, que en mis años de vida allí, jamás reparé en que la catedral de mi ciudad, por donde tantas veces había caminado, albergaba el más grande de los tesoros para los seguidores de los caballeros templarios y de los grandes enigmas que hoy colman nuestras librerías: El Santo Grial.

No sería hasta días antes de nuestra partida, que ambos visitaríamos la capilla donde estaba la famosa reliquia. Casualmente, y digo casual porque los escépticos no me creerán, pero aquel día parecía que el destino lo había reservado para nosotros.

Llegamos a la catedral un día de viernes santo. Casualmente ese día la capilla estaba abierta para todo el público y ese día todos pudimos contemplar el Santo Grial a escasos metros de nosotros.

La verdad es que nunca antes había sido seguidora del Santo Cáliz, ya que mi devoción y pasión es hacía la Sabana Santa, pero aquel diminuto objeto, no dejaba de maravillarme, y digo esto porque aquella visita a la catedral, tan solo fue el comienzo de nuestra aventura.

Llegó el día del viaje que en un principio nos llevaría en moto hacía el norte. Por mi cuenta, me había encargado de buscar información sobre escritos y documentos sobre el Grial, ya que me apasiona investigar y conocer la realidad desde diversos puntos de vista. De este modo, encontré casi por casualidad la que se conoce como “la Ruta del Grial“.

Desde Francia hasta Valencia, pasando por Huesca, Zaragoza y Teruel fueron perseguidos los caballeros templarios que salvaguardaban tan preciado tesoro, y decidimos seguir los pasos de estos intrépidos caballeros, en medio de una mezcla de aventura fantástica, señales divinas y paisajes de ensueño.

El viaje en moto, ya era de por si una aventura, creo que cualquier persona debería de comprobarlo alguna vez en su vida. Los olores, los colores, el viento, la lluvia, todo, y digo todo forma parte del viaje.

De este modo y tras pasar la primera noche antes de partir en un hotel llamado casualmente Reconquista, nos fuimos en busca de la leyenda del Santo Grial.

Amaneció gris, pero los nervios y la alegría por emprender aquel viaje no desfallecieron. Enfundados en todo un equipaje de moteros, los dos nos dirigimos hacía la primera ciudad de nuestro viaje: Teruel.

Llegamos casi al medio día, y como ya el hambre apremiaba, decidimos probar unas tapas en uno de los bares del centro de la ciudad, famosos por la exquisitez de sus carnes.

Tras descansar el tiempo justo, nos montamos en la moto y de nuevo emprendimos la ruta hacía la siguiente de las ciudades: Zaragoza. Queríamos aprovechar al máximo nuestro viaje, y como contábamos con poco dinero y poco tiempo, no podíamos detenernos demasiado en cada lugar que visitábamos.

Llegaríamos a Zaragoza sobre las cinco de la tarde, un poco cansados del viaje, decidimos buscar alojamiento en un hostalito barato y acercarnos a admirar su catedral y la enorme plaza repleta de gente que la engloba.

Todavía no sé la razón, aunque puedo aproximarme bastante, pero esta no seria la única iglesia que visitaríamos en aquel viaje.

Cual caballero templario, aquel viaje se convirtió en un ir y venir de catedrales románicas, a cuál más bonita, más enigmática, con más historia y con más significado.

De alguna manera la visita de todas aquellas catedrales se había convertido en nuestra tarea diaria.

A la mañana siguiente, tras haber cenado en un bar poco característico de Zaragoza pero muy significativo para cualquier español que se emocione con una buena corrida de toros, decidimos salir de la carretera principal, y siguiendo el mapa nos adentramos en las carreteras secundarias.

Buscábamos tranquilidad y buenos paisajes, y ciertamente los encontramos.

La siguiente parada sería Huesca, aunque ya llegamos de noche y la verdad bastante agotados. Como no queríamos perder el tiempo, y era un viaje sin reserva ninguna, cada noche nos veíamos abocados a la búsqueda desenfrenada de un hostal donde dormir y un bar donde poder tomar algo para cenar. El hecho de que la fecha de nuestro viaje coincidiera con un puente y alguna fiesta regional y la aglomeración de gente en los hostales, hizo peligrar en más de una ocasión, nuestro objetivo de encontrar un sitio donde dormir. Pero al final de alguna manera, casi siempre nos las arreglábamos para encontrar, hostales asequibles. Algunos de ellos, no eran grandes preciosidades, pero con el dinero que contábamos y lo cansados que llegábamos apenas nos daba tiempo para pensar, antes de apoyar nuestras tiernas cabecitas sobre las almohadas y dormir plácidamente hasta el día siguiente.

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El día que salimos de Huesca, nuestros corazones estaban eufóricos, porque había llegado el momento de adentrarnos al completo por aquellos caminos de tierra, repletos de iglesias románicas y peregrinos dirigiéndose a Santiago de Compostela.

Fue una de nuestras mejores experiencias. Además de aquellos paisajes, dignos del mejor amante de la naturaleza, la moto, el aire puro y un camping preparado para moteros como nosotros, hicieron las delicias de un menú compuesto por bocadillos de lomo con queso, y alguna bolsa de patatas fritas. Sentados en un frondoso bosque a orillas de un riachuelo, descansamos nuestras mentes y vivimos aquellas horas de tranquilidad y armonía.

La verdad es que nunca nos han importado los grandes banquetes en restaurantes caros, por ello la mayoría de las veces nuestros menús estaban compuestos por bocadillos y sandwiches.

Había llegado la hora de partir, y tras hacernos algunas fotos en aquel camping tan característico, marchamos en busca de uno de los lugares de culto más importantes dentro de la historia de los caballeros templarios y el Santo Grial.

La llegada a San Juan de la Peña, no fue sino sorprendente. Desde el ayuntamiento del pueblo, habían prohibido que los vehículos bajaran hasta la misma puerta de aquel escondite secreto que un día albergó el Cáliz de Jesús. Y todos los días se disponían autobuses encargados de trasladar a los visitantes a aquel mágico lugar.

Al llegar allí, nos dimos cuenta que el itinerario de nuestra ruta particular y el de los caminantes hacía Santiago se cruzaba allí y dicho sea de paso, aquel lugar estaba concurrido desde su apertura hasta su cierre.

Como nosotros viajábamos en moto y nadie nos advirtió de que allí no había plazas de aparcamiento, una vez abajo y tras hablar amistosamente con uno de los encargados, nos permitieron aparcar la moto y la vigilaron hasta nuestro regreso.

Nos adentramos cuesta arriba y después de preguntar si la entrada era gratuita, nos encontramos ambos frente a tan majestuoso lugar.

Construida bajo una roca a modo de escondite secreto, allí se alzaba la iglesia de San Juan de la Peña.

Tan solo con mirar a tu alrededor, la imaginación volaba hasta la época de los caballeros templarios. Reuniones secretas, ritos de iniciación, oraciones, tumbas, escondites, todo tenía cabida en aquella gruta tan bien construida para defenderse de sus perseguidores.

Recorrimos sus galerías, hasta llegar a una especie de altar iluminado por aquella ventana que dibujaba los últimos rayos del sol al atardecer. La estampa no podía ser mejor y al fondo, como si de un espejismo se tratara: de nuevo “El Santo Grial”.

Como los templarios se escondieron en aquella gruta para protegerlo y salvaguardarlo, se hizo una replica de dicho Cáliz, con la intención de conmemorar sus hazañas y recordar a todos y cada uno de los visitantes que se encontraban en un lugar sagrado y con mucha historia a sus espaldas.

Tratamos medio ensoñando de reconstruir como fue la estancia de los caballeros templarios en aquel lugar y como si de un juego de niños se tratara, no dejamos de asombrarnos de la majestuosidad de sus rincones.

Nos mojamos con el agua supuestamente sagrada que brotaba de una fuentecilla situada en el patio central. Observamos con detenimiento cada una de las columnas coronadas por capiteles bellamente y significativamente ornamentados con escenas bíblicas, y vivimos por así decirlo una revelación divina que cambiaría el rumbo de nuestras vidas.

Cuando ya se acercaba la hora de cerrar, decidimos bajar hasta el siguiente pueblecillo situado a escasos kilómetros de San Juan de la Peña. Curiosamente, al girar mi cabeza para observar desde la carretera ya aquel monumento, ya no se apreciaba. Su localización era tan estratégica que construido bajo una enorme piedra al pie de la montaña, consiguieron que los frondosos bosques, repletos de altos árboles cobijaran y escondieran de ojos extraños, aquel hermoso lugar.

Ya sin retorno, estábamos inmersos en una burbuja de enigmas y misterios. Aquellas iglesias, nos trasladaban cada vez más a nuestro mundo imaginario y particular.

De este modo, tras hacer una parada en la ciudad conocida como Puente la Reina, y tratar de aliviar el calor con algo de beber, nos mezclamos entre los peregrinos y sin quererlo acabamos admirando una de las iglesias templarias más bonitas que he visto nunca: Santa Maria de Eunate.


Pequeña en sus dimensiones, y alejada del tumulto de la ciudad, esta iglesia se encontraba situada en medio de un hermoso paisaje y era parada indispensable para todos los peregrinos.

Al llegar, observamos como algunos de ellos descansaban sus llagados pies a las puertas del templo, y trataban de sofocar su calor de mediodía cobijados bajo las ramas de los árboles.

Ciertamente, había escuchado algunos relatos de amigos que habían recorrido el Camino de Santiago, pero no fue hasta que me mezclé entre ellos, cuando alcancé a comprender alguno de los significados escondidos que podía guardar aquellos días de marcha sin tregua.

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Nuevamente sentí que algo mágico y divino se escondía en aquellos lugares y en aquellas gentes.

Aprovechamos para comer algo y descansar también bajo algún árbol y allí pude observar, la amabilidad de los peregrinos. Sus sonrisas cómplices y su estado de permanente tranquilidad.

Cada cual tiene un objetivo cuando emprende un viaje de estas características, pero en lo que todos coincidiréis conmigo, es que al final, todo el mundo recibe un aprendizaje.

Algunos lo llaman viaje al interior, otros lo reconocen como un camino lleno de señales, lo que esta claro, es que lo que tras uno de estos viajes se aprende, no lo olvidas nunca.

Lo difícil en estos casos es llevarlo a la práctica en tu vida diaria. Resulta francamente complicado estar parado en el centro de una gran ciudad, a hora punta y recordar cuando caminabas por aquellos paisajes frondosos y tranquilos. El aprendizaje no esta en el camino, ni en la peregrinación, sino en el uso que posteriormente le demos a nuestra vida diaria.

Para finalizar mi relato, os contaré, que no por falta de ganas, sino por falta de recursos económicos y tiempo, nos vimos obligados a abandonar nuestro viaje, y a retornar a nuestros hogares. Tras bordear Navarra, fuimos descendiendo hasta Soria. Tuvimos que atravesar un puerto de montaña, por la noche, con mucho frío y sin apenas gasolina. Fue uno de los momentos críticos del viaje. Con el trasero dolorido por tantos días de viaje en moto, y el sueño haciendo mella en nosotros, tratamos de buscar alojamiento, pero todo estaba completo.

Nuestra fe, y todo lo que habíamos aprendido en aquel viaje, nos acompañó hasta el final, y ya pasada la media noche, encontramos una habitación, en las afueras de Soria. Creo que al llegar, ambos nos desplomamos en el colchón. Sabíamos que el viaje había terminado, pero nos sentíamos orgullosos de lo que habíamos vivido y lo que habíamos aprendido.

De la revelación que tuvimos en aquel viaje, solo él y yo la sabemos, pero os puedo asegurar que tan solo si despejáis vuestra cabeza de pajaritos y decidís embarcaros en un viaje espiritual, sin ningún objetivo aparente, lo que obtengáis de cada paso que deis, lo llevareis gravado en vuestros corazones hasta el fin de vuestros días.

Este viaje solo fue el principio de una búsqueda personal de nuestro propio grial. Cada cual tiene el suyo, y si los templarios defendieron a capa y espada el que hoy se conoce como el Santo Cáliz de Cristo, no debéis vosotros olvidar su verdadero significado.

Muchas son las teorías de su verdadero significado, personalmente yo también tengo la mía.


Si el Santo Grial, albergó la sangre de nuestro señor Jesucristo, y esta sangre fue derramada por todos los hombres por el perdón de los pecados y la vida eterna, según los evangelios, ni duda cabe que cada uno de nosotros formamos parte de ese Cáliz.

Por eso digo que cada paso, es un nuevo aprendizaje, y que cada uno tiene su propio grial en la vida. De él bebemos en sus enseñanzas, y en él guardamos nuestro propio ser.

Hay que salvaguardarlo, cual caballero templario, frente a toda intromisión ajena. Quiero decir con esto, que muchos serán los que querrán beber de nuestro grial, muchos querrán robarlo e incluso acabar con él. En esos momentos, no hay que desfallecer, en esos momentos y más que nunca, tenemos que construir nuestro propio templo, y guardarnos de todos aquellos asaltantes que creen poseer la verdad y por tanto intentan robarnos lo más preciado de nuestro ser: nosotros mismos.

Por ello, el día de Pentecostés, en las Santas Escrituras, Jesús volvió no como hombre, sino como espíritu. Y volvió para hacernos partícipes de una verdad universal que traspasaría los límites de toda enseñanza y toda religión.

Amigos, quiso Dios, que en aquellos días tras la vuelta de aquel viaje, me encontrara con el más maravilloso de los regalos.

Por casualidad, aquel día, mi cofradía celebraba una misa, en honor a los difuntos que la habían formado. He de reconocer, que no soy ferviente devota de asistir a misas, pero aquel día, algo me hizo estar allí.

Y mientras el cura leía uno de aquellos capítulos del Evangelio de San Marcos, mi mente voló, y fue a depositarse en uno de aquellos frescos que adornaban el techo de la iglesia.

Cual no fue mi sorpresa, que al mirar arriba, el Santo Grial se postraba sobre mi cabeza, mientras, un ser halado, representaba al Espíritu Santo.

Allí lo comprendí todo. Día de Pentecostés, viaje del Grial y Caballeros Templarios. Peregrinos, iglesias románicas y Espíritu Santo. Aquella revelación fue trascendental para mí. Y solo hoy después de un año, puedo decir, que en verdad no se equivocaban mis sentidos, el Santo Grial, es el guardián de la sabiduría eterna. El resto depende de nosotros.

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