El trekking de la Ruta Licia

Oludeniz forma parte de la Ruta Licia

Oludeniz forma parte de la Ruta Licia

Una tarde, hace tres meses, me tiré varias horas mirando un mapa de Turquía en la pantalla de mi ordenador. Iba a pasar unos días en la antigua Constantinopla pero después tendría otros cinco para ver algo más del país. No sabía qué hacer o dónde ir. Finalmente, buscando sobre las pistas que me dieron algunos amigos, centré mi investigación en la costa mediterránea asiática.

Después de la estancia en Estambul quería algo de aventura, naturaleza y esfuerzo físico. Y así, casi sin quererlo, dí con lo que anhelaba. Encontré un artículo en The Times donde hablaba de la Ruta Licia (Lycian Way), considerándola una de las más bellas grandes caminatas de este planeta. No me hizo falta mucho más.

Investigué algo de historia, unos cuantos blogs y comencé a buscar el tramo que iba a realizar al tiempo que llamaba a una amiga para pedirle prestada su tienda de campaña.

La Ruta Licia es un sendero de dificultad media-alta que recorre más de 500 kms de las actuales provincias de Mugla y Antalya (región de Anatolia). Bosques mediterráneos, montañas de casi 3.000 metros que mueren en un mar Mediterráneo que aquí adquiere tintes casi más propios de postales caribeñas, pueblos de pescadores y agricultores, ruinas de distintas civilizaciones (licia, romana y griega, entre ellas), calas imposibles y grandes subidas y bajadas. Todos estos atributos -y algunos más que me dejo en el tintero- son los que han hecho que apareciera su nombre entre los senderos más bellos del Mundo.

Comienzo de la Ruta Licia a las afueras de Fethiye

Comienzo de la Ruta Licia a las afueras de Fethiye

Y la señalización que marca el camino

Y la señalización que marca el camino

Con una extensión tan grande y disponiendo sólo de unos días, decidí escoger un tramo que me diera un poco de todo.

Tomé un vuelo que salió de Estambul a las 6.15 de la mañana y me dejó en el aeropuerto de Dalaman algo más de una hora después. Desde allí, un autobús me llevó hasta la población de Fethiye. Esta villa pesquera y vibrante era el lugar elegido para iniciar mi propia ruta.

Pasé un día tranquilo recorriendo Fethiye. En lo alto de una colina que dominaba la ciudad tuve mi primer encuentro con monumentos licios. Se trataba de unas imponentes tumbas levantadas hace más de 2.300 años. Ahí es nada. Pude aprender un poco más sobre esta cultura en el pequeño museo didáctico situado cerca del puerto.

Lee también:  Senderismo y actividades deportivas en el Valle del Cabriel

Descansé bien para afrontar con garantías mi primera jornada de trekking. Aunque en las proximidades de la vecina Oludéniz hay un cartel anunciando el principio de la Ruta Licia, lo cierto es que la señalización del camino comienza en las afueras de Fethiye.

Para encontrar esta senda os recomiendo que no hagáis caso al pequeño mapa que tienen en la Oficina de Turismo de Fethiye. Es muy impreciso. Con él en la mano fui buscando mi objetivo y no lo pude encontrar hasta que tuve la suerte de que una mujer inglesa, que hablaba turco, me hiciese de traductora con unos lugareños.

Las vistas de Fethiye desde las montañas

Las vistas de Fethiye desde las montañas

A las 12 de la mañana enfilaba un sendero cuya primera parada reconocida se encontraba a unos 9 kms. Se trataba de Kayaköy, donde una antigua ciudad fantasma de principios del siglo XX es el único vestigio del asentamiento griego que enriqueció la zona durante años.

Para llegar a ella comencé a ascender, a la salida de Fethiye, por un camino ancho, de tierra y piedra, que discurría entre pinos mediterráneos paralelamente a la carretera. Este primer tramo de la Ruta Licia pierde encanto precisamente por ésto: puedes oir los motores de coches y furgonetas constantemente.

El trazado no era duro pero el calor apretaba de lo lindo esa mañana de finales de Octubre. Rompí a sudar en cuanto comenzaron las primeras subidas fuera del cobijo de las sombras de los árboles. A mi espalda llevaba una mochila que contenía: tienda de campaña, un par de mudas y camisetas, un jersey, ordenador, 4 litros de agua, saco de dormir, documentos y algo de comida (fruta y galletas). Calculo que en total sumaba unos 11 kilos, pero el calor multiplicaba su efecto sobre mí.

La ciudad abandonada de Kayaköy

La ciudad abandonada de Kayaköy

Kayaköy -su parte habitada- es un pequeño pueblo de no más de cuatro calles con restaurantes, pequeños hostales y algunas casas de gente que habita en el campo. Los visitantes se centran en la parte muerta: las ruinas de la antigua ciudad griega.

Apostada en las faldas de una pequeña colina, los armazones de pequeñas casas de cemento siguen en pie como testigos de la comunidad griega que habitó aquí hasta la segunda década del siglo XX, cuando los griegos fueron intercambiados con Grecia por prisioneros turcos.

Lee también:  Empieza el Rally Dakar en Lima

Aproveché la parada para comer algo y descansar. La Ruta Licia corta por medio del poblado fantasma. Seguí las rocas marcadas y puse rumbo a las montañas que conducen a Oludéniz.

Tenía que recorrer unos 7 kilómetros más bajo un sol abrasador pero mi ánimo se reconfortó al comprobar que por fin dejaba atrás cualquier trazo de civilización. La carretera quedaba a mi espalda y enfilé la senda montañosa en solitario. Ninguno de los visitantes de Kayaköy siguió mis pasos.

Oludeniz a lo lejos

Oludeniz a lo lejos

Este es un detalle que me encanta sobre la Ruta Licia. No es tan conocida. Y ésto, unido a su gran longitud, hace que puedas pasar horas caminando sin encontrarte con nadie. Te sientes realmente solo en la naturaleza y éso es lo que andaba buscando.

Sobre las 3.30 de la tarde por fin tenía mi primera visión del Mediterráneo. Llegué a un recodo del camino donde una enorme roca plana me sirvió de asiento para pararme a contemplar tanta belleza. Una pendiente abrupta, cubierta de pinos y arbustos, se precipitaba al mar, que aquí es de un color azul verdoso intenso. Algunos veleros ya descansaban en las calas naturales y otros se aproximaban desde mar adentro.

Fatigado como estaba, me quedé media hora contemplando esta estampa.

Poco más adelante encontré un sitio plano donde podía plantar la tienda. Fue allí donde quise despertar a esas vistas que transmitían paz. La noche resultó ser un infierno como ya os relaté.

La laguna azul de Oludeniz

La laguna azul de Oludeniz

A la mañana siguiente obtuve mi recompensa con un baño en solitario en la popular Laguna Azul de Oludéniz. Eran las 9 de la mañana y el Sol ya estaba radiante mientras los turistas aún se desperezaban en sus resorts.

Ya os hablé sobre el contraste que me pareció Oludéniz. Gran belleza natural (con un agua de mar caribeña y limpia como pocas) y gran decepción en cuanto su explotación por el mercado turístico inglés.

Pasé en este pueblo poco más que el tiempo necesario para recuperar fuerzas (no cené y me quedé sin agua antes del anochecer anterior) con un potente desayuno inglés y darme un baño en esas aguas cristalinas. Después tomé mi mochila de nuevo y busqué el retorno a la Ruta Licia.

Para llegar de nuevo a ella tenéis que tomar un Dolmus (transporte colectivo en Turquía) y decir que os deje en frente del Mount Pine Hotel. Ahí comienza un camino asfaltado y urbano que lleva hasta el cartel que anuncia el comienzo oficial de la Ruta Licia.

Mi mochila también necesitaba descansar de vez en cuando

Mi mochila también necesitaba descansar de vez en cuando

Desde allí el camino se vuelve más rústico y asciende la ladera de una gran montaña que ofrece vistas espectaculares de Oludéniz.

Lee también:  Viaja con la cámara en la gorra

Algunas personas se paseaban por este corto trecho pero su escaso equipo me hacía pensar que ninguno me seguiría cuando me internara en la montaña. Y así fue. Un último recodo marca el final de la ruta más sencilla y ancha y se abre una estrecha y escarpada senda de piedra que no deja de subir durante algunas horas.

Desde ese momento ya sólo me acompañaron las cabras montesas. Tenía que parar cada poco por el calor y el cansancio de la subida continua. La mochila se convirtió en un peso insoportable sobre una espalda que no dejaba de vertir mares de sudor.

En mi soledad disfrutando de música y atardecer

En mi soledad disfrutando de música y atardecer

El Sol se comenzaba a poner y yo cada vez me iba pareciendo más a las cabras que me acompañaban, saltando entre las rocas de una senda estrecha e irregular que no paraba de ascender. Empecé a preocuparme por el tema de dónde podría poner la tienda de campaña antes de anochecer. En este terreno resultaba totalmente imposible.

De repente, la ruta giró hacia la izquierda y un claro perfecto apareció ante mí. Suelo plano con algo de paja sobre él. Unas cuantas construcciones de piedra y madera hacían suponer que aquí habían vivido -quizá aún lo hacían de manera intermitente- algunos pastores.  No lo dudé. Planté la tienda de campaña en unos minutos y me acerqué a las grandes rocas cercanas desde las que dominaba el acantilado.

El Sol era ya una esfera anaranjada que se hundiría en el mar en menos media hora. Cogí mi portátil, frutos secos y una manzana (mis grandes manjares restantes) y le dí al “play” de mi lista musical. Fue uno de los mejores descansos del guerrero que he tenido jamás. Un atardecer perfecto, sin una sola nube, dio paso a una estrellada noche que me hizo permanecer despierto, contemplando el cielo fuera de la tienda, hasta pasadas las diez. Dormí como un bebé entre los balidos de mis compañeras inseparables.

Al día siguiente emprendí el camino de regreso pensando que volvería a Turquía para realizar otros de los tramos de la Ruta Licia. Mi próximo objetivo: el que cruza el Monte Olimpo.

 

Sin ningún aumento de precio te facilitamos la reserva de tu viaje:

Puntúa este artículo
, , ,
4 Comentarios
  1. Javier Velasco 14 enero 2015
  2. David 14 enero 2015
  3. Quimey 10 enero 2016
  4. David 14 enero 2016

Deja tu respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *