El desierto de Mojave


Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Jorge Bueno.

Como una aparición de ojos brillantes, un fantasma sorprendido por los faros de un automóvil en mitad de la nada. Nos miró fijamente durante una fracción de segundo suspendida en su reino nocturno, y comprendimos que éramos intrusos en la oscuridad del desierto, que el día había sido muy largo, y que debíamos parar en aquel motel destartalado.

Un hipnótico sopor con aroma a curry parecía ralentizar el tiempo en la recepción, donde una mujer de aspecto hindú acomodaba cada movimiento al ritmo del zumbido de los fluorescentes. La cafetera de la habitación no funcionaba. La televisión emitía avisos acerca de un peligroso asesino fugado, cuyo posible itinerario coincidía peligrosamente con el nuestro. La puerta de la habitación se nos antojó tremendamente vulnerable.

Pero ninguna inquietud tenía posibilidades de vencer a nuestro agotamiento, tras nueve horas al volante a través de una recta interminable llamada Mojave.

La escasa maleza corría tras las ventanillas como una fotografía de larga exposición. En el horizonte, intermitentes masas de roca se aliaban con el sol para crear una sensación de inmovilidad. Por un momento tuve la seguridad de que no avanzábamos, que la locomotora Santa Fe y sus interminables vagones tampoco se desplazaban por la vía paralela a la carretera. Lo único que me permitía creer en el movimiento era la certeza de lo que habíamos dejado a nuestra espalda en aquel comprimido viaje de ida y vuelta.

Atrás quedaban las secuoyas, grandes como algo muy grande; atrás quedaban los carteles que prohibían alimentar a los osos; los mendigos reuniéndose al calor de un bidón encendido en los suburbios de Fresno; para siempre atrás las monedas perdidas en una tragaperras en el Excalibur de Las Vegas; la Hoover Dam; la pequeña tormenta de arena mágica que consiguió volatilizar la carretera durante unos minutos; las luces nocturnas delimitando los contornos de los trailers como monstruosos árboles de Navidad rodantes; el dependiente de la gasolinera que decía Bar-se-lona; atrás quedaba, aunque por siempre en nuestras retinas, el inabarcable Gran Cañón extendiéndose a nuestros pies.

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Dormimos sin prudencia, con la ignorancia expectante del que desconoce lo que aún le espera por delante: el color de Berkeley, la contemplación de la bruma sobre la bahía desde Sausalito, la señora mejicana empeñada en inmortalizarnos con el Golden Gate de fondo, los estragos estomacales a causa de unos tacos “poco picantes”, los leones marinos del Pier 39, la librería City Lights.

No sabíamos nada de todo eso mientras acompañábamos en voz baja “Your love keeps lifting me” de Jackie Wilson al ritmo que radiaba una emisora local, y el mundo y la música y la oscuridad se detuvieron durante una fracción de segundo ante la mirada encendida de unos ojos brillantes, cegados por unos faros intrusos en mitad de la carretera. Y de repente, no había nada.

-¿Era un coyote?

-Sí, era un coyote.

Podeís conocer más sobre el autor a través de sus blogs: De memoria y Haikus de extrraradio

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