El Bioparc de Valencia: África en el Turia

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Yo llegué al Bioparc de Valencia -situado en la Avenida Pío Baroja, 3- caminando tras bajarme del metro en la parada Nou D’Octubre. Si hubiese tenido una bici o algo más de tiempo habría escogido una forma más aeróbica de llegar, recorriendo los jardines del cauce del Turia hasta el Parque de Cabecera.

Justo en la puerta de entrada nos recibió Kielo Bokokó, el Manager de Social Media y Marketing del Bioparc de Valencia. El bueno de Kielo fue nuestro entusiasta guía durante las casi cuatro horas que duró nuestra visita.

La empresa privada española Rain Forest es la responsable de la existencia del nuevo concepto de zooinmersión en la capital del Turia.

¿Qué es la zooinmersión?

Pues se trata de una nueva técnica en la que se intenta reproducir el hábitat natural de los animales para que ellos se sientan lo más cómodos posible y además el visitante pueda experimentar lo que sería pasear por esos paisajes mientras los observan. Es algo muy distinto a un simple zoo.

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Mientras recorríamos la pasarela de acceso que nos llevaba a, nada más y nada menos, que Madagascar, Kielo nos explicaba además que un gran equipo de cuidadores, veterinarios y especialistas se encargan, no sólo de que los animales estén completamente atendidos en todo momento, sino también de dar información a los visitantes. Se trata de que el público que atiende al Bioparc acabe su visita sabiendo algo más de sus inquilinos y se conciencie de la importancia que tiene respetar el medio ambiente y los hábitats del que dependen las especies.

Bonitos flamencos

Bonitos flamencos

Cuatro espacios naturales africanos

Los más de 100.000 metros cuadrados del Bioparc albergan cuatro espacios naturales entre los que no hay división física: sabana, humedales, bosque ecuatorial y Madagascar.

La pasarela nos dejaba a puertas de Madagascar. No me refiero a la película. Lejos de encontrarnos un león, hipopótamo, jirafa y cebra que hablan, acompañados de unos maléficos pingüinos paramilitares, lo primero que vimos fue un estanque lleno de exuberantes flamencos.

La senda serpenteaba entre árboles donde los simpáticos lemures se movían a sus anchas. Algunos, ya acostumbrados a la presencia humana, se habían atrevido a bajarse de las ramas y paseaban tranquilamente a nuestro lado.

Lemures...

Lemures…

...y más lemures

…y más lemures

Continuando nuestra ruta vimos cómo los hipopótamos comparten estanque con un grupo de pelícanos. Esto es algo muy habitual en Bioparc: especies diferentes comparten varios recintos. Nos explicaba Kielo que esto no es nada fácil y deben trabajar intensamente con los animales para que, poco a poco, aprendan a convivir. El hipopótamo es además una especie muy territorial y aprendí en un viaje por África -la de verdad- que es el animal que más muertes humanas causa en el continente negro. Pero es todo sobre el territorio: no lo invadas y ellos te dejarán tranquilo.

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Poco más allá, un precioso leopardo se podía contemplar a través de un cristal. Caminaba arriba y abajo, sin descanso, como si estuviera en una pasarela de modelos donde su piel y su gracia innata no tenían rival.

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Era el preámbulo de el recinto de la familia de simios. De menor tamaño que los gorilas, los monos son, sin embargo, algo más agresivos y comen carne -de otros simios y animales pequeños- ocasionalmente. Son buenos cazadores en grupo. La familia andaba tranquila. Uno aquí rascándose la espalda mediante el placentero método de frotársela contra la rugosa superficie de un tronco. Otro allá despiojando a un mono joven. Un día más en la oficina.

Los gorilas llegaron después y nos quedamos embobados casi veinte minutos contemplándolos. De haber tenido más tiempo, creo que me habría quedado horas ahí sentado. Estos seres excepcionales imponen como pocos y sus caras son tan parecidas a las humanas que parece que puedes entender lo que te quieren decir con sus expresiones. Un bebé gorila jugaba con su tía sin parar. Era un auténtico incordio. Embestía a su cuidadora, le mordía aquí y allá, le empujaba, se aporreaba el pecho -tal y como veía hacer a su padre- y volvía a la carga. Era como un niño humano con ganas de juerga. La tía lo volteaba de aquí para allá como si fuera un fardo ligero y el chaval parecía encantado con el tema.

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No fuimos los únicos que nos quedamos prendados del joven gorila. Otros visitantes a nuestro lado reían a carcajadas con el espectáculo. Yo tampoco pude contener la risa.

Pero el tiempo apremiaba y fuimos a visitar a los grandes felinos. Los leones estaban separados de los impalas -una de sus presas habituales- por un profundo foso que les disuadía de cualquier instinto hambruno. Les pillamos durmiendo, “como la mayor parte del día”, nos explicaba Kielo.

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Las que seguro no dormían eran las jirafas. Con su porte altivo caminaban de aquí para allá dentro de un espacio bastante amplio y bonito que se puede apreciar desde una de las cafeterías del recinto. Allí paramos a tomarnos un zumo y nos sentamos en la terraza. Kielo seguía contándonos curiosidades sobre el parque e incluso su vida. Él, de padre nacido en Guinea Ecuatorial, había llegado a pasar en aquel país unas semanas jugando con la selección juvenil de fútbol. Un auténtico crack con el que me sentía muy a gusto.

Tras el descanso vimos a los grandes paquidermos: los elefantes. Para mí, ellos son los verdaderos señores del reino animal. No temen a nada. Son intocables, salvo por el malvado ser humano.

El gran elefante al fondo

El gran elefante al fondo

Los temibles cocodrilos

Los temibles cocodrilos

Rinocerontes y cebras compartían otro de los hábitats que incluía agua, arena y rocas. No conseguí ver al escurridizo y, lamentablemente, escaso rinoceronte en África y me parece un animal realmente prehistórico. Parecen llevar una perfecta armadura de placas defendida por un poderoso cuerno que, por desgracia para ellos, algunas razas asocian con un gran poder afrodisíaco. Han sido cazados hasta el extremo del quasiexterminio. Una gran pena.

La gacela de Mohr ya no se encuentra en estado salvaje

La gacela de Mohr ya no se encuentra en estado salvaje

Pero un animal del Bioparc que está realmente extinto es el que vimos casi al final del recorrido: la gacela de mhor. Kielo nos comentaba que ya no existe en la naturaleza salvaje y sólo se encuentra en algunos lugares en cautividad. Una auténtica pena causada por el salvaje ser humano.

Y esa es la finalidad principal del Bioparc Valencia. Los visitantes deben salir concienciados de la importancia que tiene nuestro comportamiento en la naturaleza. Debemos respetar y proteger los entornos naturales que sirven de casa y alimento a las diversas, bellas y curiosas especies con las que compartimos este planeta. Les pertenece tanto, o más, a ellas como a nosotros. Hagámoslo.

Es una visita que no puedes dejar pasar en la ciudad de Valencia y totalmente aconsejable para público de todas las edades, pero especialmente para familias con pequeños.

Web oficial: Bioparc Valencia.

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