Diario de dos días en la América más profunda

Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Javier de Corral.

Diario de dos días en la América más profunda – De Times Square al siglo XVII

Un viaje en el tiempo que empieza a las 6:00 de la mañana cuando sonó el despertador. Tras la ducha para despejarme, cojo la mochila ya preparada del día anterior y salgo de casa.

Nueva York está distinto. Recorro un tramo de Lexington, tomo la 28 hasta Broadway y subo hasta la 42. La ciudad está en sombra, el cielo está azul pero los rayos del sol se quedan en la parte más alta de los rascacielos, dejando las calles luminosas pero sombrías. Hay poca gente en la calle, los carros de desayunos se preparan para servir tanques de café y baggles a las hordas de Newyorkinos que aparecerán en breve hacia sus trabajos. Así, Nueva York parece otra.

Me espera un paseo de media hora hasta la estación de autobuses Port Authority Bus Station en la 42 con la 8ª. Ahí tomaré el autobús que me lleve al siglo XVII. Me dirijo a Lewisburg en el estado de Pennsylvania. Comarca donde se encuentra la mayor concentración de Amish en los Estados Unidos.

Tras una pequeña confusión en la estación consigo un billete de ida y vuelta por $114. Desde NY se tarda 5 horas y media en recorrer apenas 350km. El autobús sale a las 7:30 como estaba previsto. Sólo somos 3 personas en el bus lo que me hace pensar que me dirijo a las entrañas del país. Tras 3 cuartos de hora de viaje aún se puede vislumbrar los rascacielos como si estuviesen a tiro de piedra. Se distingue el Empire Estate, Chrysler Building y el hueco donde debieran estar las torres gemelas.

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Una vez dejada atrás la ciudad el autobús se adentra en las autopistas sorprendentemente frondosas haciendo pocas paradas para coger algún que otro pasajero. Disfruto de los cambios de paisajes. Salimos de las autopistas y atravesamos montañas y pueblos, casas prefabricadas y grandes iglesias. Todo es muy verde.

Mientras miro por la ventana me invade un sentimiento de incertidumbre hacia la gente que voy a conocer, intento no llevar ninguna idea preconcebida pero es complicado cuando vas a conocer una cultura tan diferente y totalmente opuesta a nuestra forma de vida.


Las 5 horas y media de autobús se han pasado volando. Me encuentro en Lewisburg y mi amiga Sarah me espera ahí para mostrarme donde ha crecido. Después de darnos un fuerte abrazo y ponernos brevemente al día, acordamos en ir a comer algo.

Decido dejar en sus manos mis comidas (no tengo problema con ninguna) para tomar lo más típico, ella me pide “chicken on waffle” es decir gofre de pollo, servida con una salsera industrial para poder empaparla bien. En el momento de probar esta delicia me olvido completamente del ruido de Manhattan y me entrego totalmente a la vida de pueblo. La coca-cola es llenada continuamente por la camarera, Sarah come con café solo (agua comparado con cualquier café en España o sur América) hace 4 re-fills. Estamos en la típica taberna en la mitad de la carretera de USA, en la que se mira con desconfianza e intriga al muchacho con cámara de fotos. No están acostumbrados a los turistas por aquí.

Empieza la visita con una advertencia de Sarah ” No hay nada que ver aquí, ni monumentos, ni naturaleza exuberante, ni nada. Sólo es un pueblo” a lo que yo contesto “Perfecto, costumbrismo pues”. La primera parada es al Wal-Mart de Lewisburg porque me quería enseñar que hasta en el súper del pueblo se puede comprar una pistola. Tras ver el escaparate y comprobar que cualquiera puede hacerse con un arma “Sí, estoy en USA” salimos con un sentimiento raro en el estómago…. Vamos al extremo opuesto, iremos a visitar a unos vecinos suyos Amish, así además, comprará verduras que necesita.

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Las casas Amish se reconocen rápidamente. Son más grandes de lo que pensaba, blancas, con telas azules y moradas cubriendo las ventanas, ningún cable se dirige hacia ellas, ni de alta tensión, ni de teléfono. Están aisladas, con grandes tierras de cultivo que trabajan con arados tirados por caballos. Todos los que yo vi los llevaban los niños. Mientras nos acercábamos iba reticente, esperaba gente distante, no suelo tener este sentimiento, pero su forma de vida tan radicalmente opuesta a la nuestra no me permitía imaginar puntos en común.

Interrumpimos sus labores de campo cuando aparcamos en la puerta de su casa. Se acercan una madre con 2 hijas y un hijo de entre 6 y 12 años hablando holandés entre ellos. Me desconcertó.


Su primera sonrisa me tranquiliza. Sincera. Hablamos un poco de la cosecha y del tiempo (buen recurso siempre para entablar una conversación). Les pedimos huevos y alguna verdura si tienen. Los huevos (2 docenas) nos los da rápidamente, para las verduras va a la huerta para comprobar que tenía listo para sacar de la tierra. Nos saca un manojo de espárragos, unas cebolletas y ajetes. Todo por $5 y más fresco imposible. Mientras ella se fue a buscar las verduras, los niños nos miraban con una cara difícil de definir, entre asombro, desconfianza. Ellas van de azul y morado oscuro, con cofias en la cabeza como su madre. Él va con ropa de pastor, con gorro de paja. Tras un minuto con nosotros, se sienten incómodos, se meten en la casa y nos miran a través del cristal…

Así pasé los dos días en Lewisburg, visitando Amish que me recibían con una sonrisa y cada vez con mejor conversación. Viviendo los Estados Unidos profundos donde madres con hijos en Irak trabajan en el geriátrico de voluntarias y te cuentan lo que envían a su hijo por su cumpleaños; en mercados donde los Amish bajan sus productos para venderlos en sus Buggies (carros de caballos), conociendo menonitas, muchos de ellos “Amish reconvertidos” a una vida algo más tecnológica pero igual de religiosa.

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Me voy de ahí con un sentimiento mucho más sano que con el que llegué. Gente cercana, que te trata de tú a tú. Con unos principios a los que son fieles y con unos valores familiares fuera de lo habitual. Sobre todo, buena gente.

Se acabó mi retiro espiritual y de nuevo al bus a la bulliciosa City, esta vez del siglo XII a Times Square.

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