De Trivandrum a Madurai, muchas terrazas y un templo

Madurai Sri MeenakshiLa estación de autobús de Trivandrum es un caos, en el sentido colosal que esa palabra sólo puede tener en la India. Los vehículos, casi medio centenar en variado estado de decrepitud, se reparten por no o menos de media docena de zonas, que podemos calificar con optimismo de andenes, y que se extienden sin una forma regular a lo largo de varios centenares de metros. Paseando o corriendo entre ellos los viajeros buscan el autobús adecuado a su destino, con más suerte que yo, que sólo veo dos carteles en inglés aunque a base de preguntar encuentro la taquilla correcta…en la que me dicen que el autobús a Madurai sale del otro extremo de la estación y que puedo comprar el billete a bordo.

Cuando llego a donde debe estar estacionado, me encuentro un autobús lleno a rebosar y, esperando, una cantidad de gente y bolsas suficientes para llenar los tres autobuses que vengan más tarde. Y, encima, observo que muchos de ellos se han comprado el billete con antelación. A cien metros al otro lado de la plaza está la estación de tren de Trivandrum y decido cambiar mi medio de transporte e irme allí a comprar un billete (75 rupias) para el tren que saldrá en una hora. El inconveniente de hacerlo así, en el último minuto, es que no tengo asignado un sitio, es la ley de la jungla a la hora de acceder al vagón de clase SR y de las siete horas de viaje me pasaré la mitad de pie, encajonado entre hindúes a los que no se les quita la cara de sorpresa de verme allí.

Ya es de noche cuando llego a Madurai y salgo de la estación esquivando a la gente que duerme en el suelo y a los conductores de tuk tuk. Después de la civilizada Kerala, en el estado de Tamil Nadu vuelvo a sentirme en la India. La calle a la que me dirijo está sólo a cinco minutos caminando y en ella hay varios alojamientos posibles, aunque yo acabo decantándome por una habitación individual, con televisión y baño, en el T.M. Lodge por 296 rupias. Lo curioso es que la tarifa, perfectamente plastificada y visible en el mostrador de recepción, indica que el precio es de 280 más 14 de impuestos, pero es práctica habitual sumarle 2 rupias al precio…que no van a ir a los bolsillos de Hacienda.

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Antes de acostarme, me espera una tardía cena (biriyani y una dosa de huevo, por 45 rupias) en un pequeño restaurante local en la misma calle del hotel, y un corto paseo, sin alejarme mucho por cansancio y por la falta de iluminación. En la India uno nunca sabe donde va a pisar, tanto por los agujeros en las aceras como por las sustancias sospechosas en el suelo.

El martes me dirijo al mayor templo de la ciudad, el Sri Meenakshi. Las calles de acceso están llenas de gente que va a sus asuntos cotidianos, a pie unos, en bicicleta muchos, apiñados en tuk tuk otros, siempre bajo una maraña de cables eléctricos y de teléfono que se extienden sobre sus cabezas y anticipan un desastre en caso de accidente. Un amable hindú charla conmigo y me recomienda que visite, y se desvía de su camino para mostrarme la dirección exacta, un “Museo del Gobierno” desde cuya azotea se observa perfectamente el templo. No será el único que desinteresadamente me recomiende esa opción, aunque siempre mencionan edificios distintos que, curiosamente, en sus dos o tres plantas albergan todo tipo de alfombras, telas, tallas de madera y bronce y cualquier objeto vendible al turista. Si en el camino de subida para hacer las inevitables fotos todo es amabilidad, lo que os espera al bajar son pesadas, contínuas, repetidas e insistentes ofertas de venta de todo tipo de productos Made in India.

corte de peloLo cierto es que desde las terrazas se tienen unas vistas bastante buenas de los gopurams, bajo cuatro de los más altos se encuentran cada una de las puertas de acceso al templo, orientadas hacia los cuatro puntos cardinales. Aseguraos de que el sol está en el lado correcto antes de cruzar el umbral de cualquier negocio en dirección a las escaleras, o vuestras fotos serán tan malas como las mías y no le harán justicia a la profusión de coloridas deidades. Y armaos de sonriente paciencia a la hora de emprender el camino de bajada.

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Aunque las calles que rodean el templo son el terreno abonado para la presencia de pícaros, también lo son para presenciar diversas muestras de religiosidad popular. Ante la lente de mi cámara, dos mujeres observan como un barbero, empuñando una navaja, deja completamente calvo a un niño mientras otro espera su turno para someterse al ritual. Cuando uno es pobre y no tiene nada que darle a Vishnu, Shiva o Brahma siempre puede raparse la cabeza al cero y ofrecerle el sacrificio del propio pelo como muestra de veneración.

ofrenda de arrozOtras mujeres han traído sus cazuelas de barro y están cocinando, sobre pequeñas hogueras de madera, el arroz (probablemente el alimento más básico y más barato en la dieta india) que luego pondrán a los pies de una deidad, implorando que les conceda buena fortuna y salud.

Unos metros más allá, lo divino da paso a lo humano y media docena de trabajadores, sentados o en cuclillas, usan unos gruesas tablas de madera para golpear ladrillos y convertirlos en añicos, desmenuzando así lo que una vez fueron paredes.

Esquivando a los vendedores de mapas, me acerco a la entrada Sur al templo de Sri Meenakshi.

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