De Bruselas a Frankfurt en tren


Cuando uno vive en una isla, acostumbra por defecto a buscar combinaciones de avión, vaya a donde vaya. Pero para viajar desde Bruselas hasta Frankfurt, la mejor opción era uno de mis medios de viaje preferidos, el tren.

Al acabarse mi contrato de trabajo a finales de Marzo, decidí volver a España unas semanas, dando un pequeño rodeo para visitar amigos en Bélgica y Alemania. Este pasado lunes mi tremendo resfriado y una caricatura de mí mismo aterrizamos en Charleroi, con destino final Gante, y ayer viernes, los virus sobrevivientes y algo más parecido al habitual asturiano nos preparábamos para irnos a Alemania.

Ni aerolíneas de bajo coste, ni una “paliza” en autobús, sino el ferrocarril era el que resultaba ser el más adecuado medio de transporte por su relación calidad precio para desplazarme entre dos países europeos. Compré, por sólo 39 euros, el billete online, un par de semanas antes y se me asignó automáticamente una plaza, la número 54, en el coche 34. Aunque el punto de partida era Bruselas (Estación Sur) y yo me encontraba en Gante, el desplazarme en ferrocarril hasta dicha estación era gratuito, así que me ahorraba los 8,10 euros de ese billete.

No es muy tranquilizador que Brussels-Midi esté lleno de avisos sobre los carteristas, pero como esa deshonrosa profesión se suele ejercer donde hay multitudes, el no avisar no hubiera hecho desaparecer el peligro por arte de magia.

Los trenes no aparecen en las pantallas de información hasta media hora antes de su salida, así que llegar a las cinco de la tarde y no salir hasta las 17.59 te da tiempo suficiente para hacer compras porque hasta las 17.29 no supe de que andén (el 3) iba a salir el mío. Y quince minutos más tarde, aparecía esa misma información en la pantalla del propio andén, seguido, un par de minutos después por el propio tren. Al lado de cada una de las puertas de acceso al vagón, a cada extremo del mismo, hay una pantalla digital que confirma el número de tren, de vagón, y el destino del convoy. Una vez a bordo, sobre las ventanas están situados los números de cada asiento y, a su lado, otra pequeña pantalla digital informa, para evitar confusiones, del destino del titular del billete que se va a sentar allí. De ese modo supe que mi compañero, el afortunado que consiguió ventanilla, se iba a bajar en Colonia, antes que yo, que lo haría en Frankfurt (Aeropuerto), a donde mi amiga iría a recogerme.

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Aunque el asiento sea semireclinable y los avisos por megafonía suenen en flamenco, francés, alemán e inglés, ocurre en todos los ferrocarriles desde Mongolia a Birmánia que hay empleados que ofrecen un servicio de pago de comida, entregada en el propio asiento y el europeo ICE no iba a ser una excepción. Así que si un capricho de último momento te hace necesitar un sándwich, chocolatinas, café o refresco, podrás adquirirlo sin tener que acercarte al vagón-cafetería.

Por mucho que uno esté rodeado de modernidades, y escriba este texto en un pequeño netbook a 219 km/h (información que aparece, como no, en otra pantallita en la pared al fondo del vagón) durante parte de las tres horas y cuarto de viaje, hay cosas que nunca cambian: antes de que hubiéramos abandonado Bélgica, de mi bolsa salieron una barra de pan, una bandeja de Gouda y otra de salchichón a la pimienta para hacerme un bocadillo mientras por la ventanilla las verdes llanuras belgas daban paso a no menos verdes colinas germanas.

Ferrocarriles Belgas (inglés) SNCB

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4 Comentarios
  1. Yola 12 abril 2009
  2. Luz 11 noviembre 2009
  3. Avistu 11 noviembre 2009
  4. Interesante 12 septiembre 2011