Conversaciones en Fuente Vaqueros

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Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Flavia Bocchio.

En las llaves de un día se cerraron las puertas. Se descubrieron envueltas las horas de su tiempo en los segundos del mío.

Estaba sentado el poeta rodeado de sus imágenes inquietas. Su mirada buscaba la explicación de aquel terrible momento en que sus metáforas sufrieron la desaparición del arquero. No la había, era imposible encontrarla, era imposible callar ese instante en que el sonido se estremeció por un silencio audaz.

En el recuerdo de un día le dolía la madrugada de hiel.

El poeta levantó su mirada de antaño, sentado con las piernas cruzadas y cruzados sus brazos regalados sobre sus rodillas. Su camisa blanca narraba sus cejas de alquitrán.

Allì, por primera vez en mi vida, luego de haber amado sus versos con infinita locura, estaba yo, recorriendo el lugar en el que Federico García Lorca había nacido: Fuente Vaqueros.


La mañana se abría en sonrisas de azahares. El cielo límpido, el aire quieto. Allí estaban sus nanas y sus lagartijas, en un calor sin veredas.

Era muy temprano aún para entrar en su casa. Nos detuvimos en un bar del pueblo a pocos metros. Las mayólicas se mezclaban con el aguardiente, los parroquianos nos habían entendido sin despegarse de sus discursos habituales. Tomamos un cafè y luego esperamos recorriendo las callecitas de Fuente Vaqueros.

Los naranjos frondosos con pecas de juventud cierta bordeaban las veradas, sus dibujos eran la huella de su poesía. La fragancia de los olivos marcaba la identidad de su tierra. Finalmente entendí ese “verde que te quiero verde” de sus rimas

Se hicieron las 10.00 de la mañana. Entramos. No era un museo ante mis ojos, era su casa. Lograba ver su infancia en cada rincón.

Mientras Simone recorría el lugar, yo me detuve en la que fuera su habitación.

Yo :- Poeta, cuáles son los sonidos de su silencio?

Poeta:- Los que escuchas, los que encierra esta tierra que me acompaña

Yo:- Son silencios llenos de música.

Poeta: – El silencio siempre la lleva, hay que saber escucharla

Yo: -¿Y cómo lo hace Usted?

P:- Pues me siento y la escucho, desde niño lo hice sin preguntarme por qué. Es ese el secreto de la música en el silencio. Sus cuerdas son innumerables como los dedos que las hacen vibrar.

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Yo:- ¿Y dónde están esas cuerdas?

P:- En mi cuerpo y en el aire que él toca.

Yo:- Comprendo, es como ese instante en que todo es vacío de un lleno horizonte que se acerca sin dejarse tocar

P:- Algo así, sólo que el horizonte está trazado de a trechos, aparece y desaparece, se arquea como esas cuerdas de las que hablé y se menciona cuando logras verlo.

Sus palabras resonaron desde la orilla de su tiempo y yo, sentada en ese silencio de cuerdas, miré hacia atrás para ver si mi tiempo era el mismo. El silencio se amontonaba en una esquina de mirtos.

El poeta se levantó de su remanso de quietud y , caminando hacia mí, me dijo:

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-¿Qué urden tus esquinas?

Yo:- Los ángulos redondos de la música que lleva usted. Estoy tratando de encontrar “el silencio de cal y mirto” del que alguna vez habló, quiero entender cómo es.

Poeta:- Pues…no hay que entender más que la aridez de la tierra en un día de calor y cómo en ella se condensa la existencia de cada ser

Me detuve en el recorte cierto de sus palabras, tratando de no entender si no simplemente de sentir esa condensación de la que había hablado. Desde mi silencio rompí el de sus pensamientos.

Yo:- Pero, ¿Cómo hace para que las imágenes dejen ver su alma y la aparente quietud de los instantes dolidos de calor dejen la música del silencio?

Poeta: Mi alma los intuye desde el umbral de sus contornos quietos, se hunde en ellos y marca sus compases

Yo: – ¿ Como “un silencio sin estrellas”?

Poeta:- …como un silencio sin estrellas…si, mi niña, como eso. Como todo lo que se recorta de sus limites y se impone con presencia.

Yo:- No hay imagen sin música…ni imagen sin silencio..

Poeta:- No, no la hay..si fuera así nuestras almas serían un áspero recorrido de imágenes sin memoria , de cuerpos sin historia, de vidas sin sangre.

Nuestra conversación no existiría, la poesía se desharía en migajas de pan sin trigo.

Yo:- ¿Cómo hace usted para captar estos momentos simples que a mí se me deslizan casi inadvertidos?

Poeta:- No se te deslizan inadvertidos como dices tú. Tal vez no tienes que sentarte en un ángulo preciso para oír sus cambios. No tienes que mirarlos.

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Yo: – ¿Tengo que entrar en ellos?

Poeta:- Eso es, tienes que ser parte de ellos, sentir los recortes de cada nota, palpar su aridez completa, su suavidad trémula.

Yo: – Sino todo es de una aridez escasa , de seda incierta

Poeta: – No, no hay términos medios en las sensaciones profundas. El sol es sol, el trigo es trigo, los grillos son grillos…

Yo :- Entiendo y un panal es un panal…

Poeta:- Sí , con todas sus abejas dentro y la miel que se descuelga y calma los pinchos del desierto.

Yo:- Siento como si fuera yo uno de esos pinchos…o …la miel …o las abejas..o el zumbido..pero sólo cuando estas imágenes salen de Usted.

Poeta:- Salen de mi, pero ya no son mías. Son tuyas, son de ellas, son del cielo y de la tierra, de los campos, de los ríos, del mar. Son simplemente y yo las leo.

Yo:- Siento un desconcierto de almas pegadas en un techo, de cuerpos tendidos en el aire. Me desespera esta música estática…este silencio de alambre en mi cabeza.

Poeta:- Espera , mi niña, pon calma a tus llaves , no intentes abrir todas las puertas.

Su voz me embestía con dulzura, su presencia era clara en cada espacio de la casa.

Me desplacé hacia las otras habitaciones. Todo era un regalo para mí. Mi andar se nutría de su presencia. Cada documento expuesto me permitía imaginar o, mejor dicho, ver la que hubiera sido su vida.

En el patio, ante el aljibe, recordé su teatro y su poesía. Las sillas de mimbre custodiadas por los rosales me remitían a posibles conversaciones estivales pasadas.

El perfume de las aceitunas trituradas en las cercanías me invitaba a echar raíces en esa casa cuyas paredes blancas y limpias no olvidaré jamás.

Entre murmullos de seda escuché sus últimas palabras a mí : -Yo te esperaré aquí sentado, mi niña. En Fuente Vaqueros junto a la luna, los grillos, las lagartijas y las nanas. Abrirán sus pechos todos para recoger tu alma.

Hablaremos los dos de nuestras conversaciones pasadas.

Salimos entonces de su casa.

Córdoba nos esperaba, pero Montefrío aguardaba primero.

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