Carrera de vehículos antiguos en Londres

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Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Ana Astri-O’Reilly.

El sábado 2 de mayo mi marido, Sean, y yo fuimos a la casa de su primo, en Royal Tunbridge Wells (al sur de Inglaterra), para reunirnos con el grupo de amigos que iban a participar de la 48ª Carrera de Vehículos Comerciales Antiguos de Londres a Brighton.

En total, éramos 12 personas, más equipaje y comida, repartidos en tres vehículos. Uno era una furgoneta (o shooting brake, que antiguamente se usaba para ir de caza) fabricada en 1909 y dos autos de marca Alvis: un Lancefield Saloon azul de 1934 y un TE21 convertible gris perla de 1966.

La furgoneta es casi toda de madera pintada de amarillo huevo con detalles en azul. Es muy parecida a una carreta: la cabina tiene techo pero no paredes y el cuerpo es como una caja cuadrada con dos bancos a cada lado. Lo más parecido que se me ocurre son los vagones antiguos de madera del Subte A de Buenos Aires (inaugurado en 1912) pero mucho más angosto. Es difícil de conducir porque la caja de cambios consiste en una rueda de hierro al costado del volante con una palanca del mismo metal y hay que encontrar el lugar exacto de cada marcha. Algo que no siempre se logra y, cuando un cambio no entra bien, el ruido que viene de abajo es infernal. No tiene suspensión y las llantas son de caucho macizo. El traqueteo y el ruido son ensordecedores. Uno queda de cama después del viaje. Tampoco tiene luces de giro, hay que sacar los brazos y hacer señas, ni espejo retrovisor del lado del acompañante, así que es mejor que siempre haya alguien de ese lado.

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Una vez acomodados (yo en la furgoneta y Sean en el convertible), partimos para Londres, a 50 kilómetros de distancia. A estos vehículos no les está permitido ir por las autopistas pero si por los demás caminos. Me causaba gracia ver como los demás autos se cambiaban de carril apenas nos veían. Huían de nosotros como de la peste. Como tampoco viene con velocímetro, es imposible saber con exactitud a qué velocidad se mueve. No debe ser muy alta porque ese día a la noche, volviendo del restaurant en pleno centro de Londres, nos alcanzó, y nos pasó, un ciclista. En total, tardamos casi cuatro horas en llegar al hotel, en el barrio de Kensington. Apenas nos vieron llegar, todos los empleados salieron a ver la furgoneta y sacar fotos. La reacción de la gente era de sorpresa, muchos saludaban, sacaban fotos y los que estaban más apurados se acordaban de nuestras progenitoras.

Esa noche fuimos a comer afuera, se sumaron más personas y éramos 20. La pasamos bien pero nos acostamos tarde y al día siguiente nos esperaba un madrugón.

Entre el cansancio del viaje en avión y en vehículo de madera y la comida que me cayó pesada, dormí mal y poco y, en consecuencia, estaba de mal humor. No fue un comienzo auspicioso.

El domingo a la mañana fuimos a Crystal Palace, el lugar de largada de la carrera, para que sellaran la tarjeta con la hora de salida. Había algunos camiones lecheros y camionetas salidos de un capitulo de Los Tres Chiflados. Enseguida de estacionar, nos rodearon los anoraks para sacar fotos y hacer todo tipo de preguntas. Así se les llama a una subespecie de la raza humana que viste anoraks o parkas y tiene hobbies aburridos (observar aves, pasar horas en las estaciones de tren anotando los números de cada locomotora, etc.). Los más apuestos se parecen a Pee Wee Herman.

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Camino a Brighton, a 75 kilómetros, había mucha gente (desde hombres solos a familias enteras) domingueando, algunos con picnic incluido, y miraba pasar los vehículos antiguos cómodamente instalada en sendas sillas playeras.

El Alvis ’65 en el que viajaba Sean estiró la pata una hora después de la partida, se le rompió el embrague, así que él y el que viajaba con él tuvieron que volver para dejarlo en el garaje y buscar nuestro auto (moderno y confortable) para ir directamente a Brighton.

Una parte del trayecto es muy linda y, sobre todo ¡verde inglés! La campiña es un mar ondulante salpicado de granjas, ovejas, caballos, diferentes cultivos y aldeas pintorescas. Lamento tener que decir que tanta belleza no alcanzó para compensar la incomodidad (éramos nueve personas, sentados rodilla con rodilla y con bolsos y cosas por todos lados), mi cansancio (sobre todo, del jet lag después de mi vuelo transatlántico) y las ganas irrefrenables de acogotar a Sigrid, una señora alemana amiga de no sé quién, que tenía una voz que me taladraba los oídos. Cada vez que hablaba, se me venía la misma imagen a la mente ¡pegarle la boca con cinta adhesiva! Pero me conformé con mandarle mensajes de texto a Sean, que se solidarizó conmigo.

Entre la lentitud del vehículo, la distancia y el transito caótico porque era fin de semana largo, tardamos seis horas en llegar. Mis riñones pedían la hora, referí.

En el lugar de llegada, a medida que iban llegando los vehículos, se iba armando una exposición a lo largo de la rambla (Brighton es una ciudad balnearia). Y era el paraíso de los anoraks.

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Como era el primer centenario del shooting brake, unos amigos le colgaron guirnaldas y globos y trajeron una torta amarilla y azul con la fecha y el nombre. Se armó un picnic que duró hasta las 5 y pico de la tarde, que fue cuando empezó la entrega de premios. David ganó en dos categorías pero no recuerdo cuales.

Sean y yo nos escapamos y fuimos a pasear por el muelle. Es gigante, hasta tiene un parque de diversiones. Había un gentío infernal y la gente no era ni muy agradable ni muy refinada o educada. Además, la música de las atracciones y de los juegos estaba demasiado alta. Pero fue una experiencia interesante desde el punto de vista sociológico y antropológico y también única.

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