Cantando en el Coliseo de Roma

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Durante los años que viví en Dublín, la polémica compañía irlandesa Ryanair me sirvió para descubrir gran parte de Europa. Sin embargo, un lugar tan emblemático y visitado como Roma nunca figuró en la casilla de destino en ninguno de mis billetes.

Tuve que esperar al regreso de mi largo periplo por Sudamérica (2008 y 2009 y contado en este blog) para poner mis pies por primera vez en la ciudad eterna.

Sería una estancia realmente breve. Una simple escala en la que irme aclimatando a la vida europea después de haber profundizado en el corazón latino del otro lado del Atlántico.

Llegué una cálida noche de Julio al aeropuerto Leonardo Da Vinci (nombre oficial y de mucho más porte que Fiumicino). Había querido ver los apartamentos de Localnomad en Roma, que me recomendaron unos amigos que ya los probaron pero, en el último minuto, conseguí localizar a mi viejo amigo Luigi Cozzolino, un napolitano con el que trabajé en Dublín y había regresado a su país unos años atrás.

El momento en que me abdujeron

El momento en que me abdujeron

Luigi nos acogió en su casa a pesar de llegar a las mil. Tuvimos el tiempo y energía justa para ponernos un poco al día, contarle algunas aventuras vividas en Sudamérica y liquidar un cuarto de botella de ron colombiano que pedía a gritos salir de mi mochila recalentada.

Desayunamos juntos antes de despedirnos con un abrazo cuando él se marchaba al trabajo y yo a deambular por la capital italiana.

Era consciente de que Roma tenía demasiado para ver y no iba a poder abarcar prácticamente nada. Además, estaba derrotado por el largo viaje desde Bogotá y no tenía ganas de andar con prisas por la ciudad después de tantos meses pasados, en su mayoría, perdido en parajes naturales donde me olvidé del estrés de las urbes.

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Así que enfilé hacia el Coliseo romano con la intención de sentarme a contemplarlo desde la cercana zona verde. Como fiel compañero tenía el libro que llevaba leyendo desde que lo adquirí en una librería de Arequipa, en Perú, casi tres meses atrás. Era Don Quijote, en su versión en castellano antiguo. La primera vez en mi vida que leía la gran novela de Cervantes.

Admiré la joya de la corona de la Antigua Roma. Paseé alrededor intentando imaginar cómo habría sido todo en la época en la que soldados romanos ocupaban los lugares que en ese momento usurpaban colas de turistas consumidos bajo el inclemente Sol.

Unos gritos en italiano me sacaron de mi ensimismamiento. Para mayor sorpresa del que escribe, iban dirigidos a mí.

Un hombre de mediana edad sostenía un micrófono mientras me decía en italiano que me acercara. Detrás de él, un cámara y algunos técnicos más hacían las veces de Sancho Panzas. Me acerqué.

No creo que los coaches de la Voz me elijan

No creo que los coaches de la Voz me elijan

No pude disimular la sonrisa cuando el hombre me explicó que eran de un programa del canal de televisión italiana (creo que era el 5). La cosa consistía en pillar a turistas que tuvieran poca o ninguna noción del italiano para hacer el siguiente experimento ante las cámaras: se le hace escuchar una canción italiana en unos auriculares ridículos y el sujeto tiene que intentar cantar sobre la marcha lo que está oyendo.

Una de las chicas del programa no estaba muy convencida porque se dio cuenta de que yo podía hablar un italiano bastante aceptable. Sin embargo, el que tomaba las decisiones era el hombre que me había captado e hizo caso omiso de las objeciones de su compañera.

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Un par de minutos más tarde me encontraba berreando una balada italiana, que no conocía en absoluto, ante el asombro generalizado del círculo de turistas que se acercaban a descojonarse de un servidor. Los auriculares no tenían desperdicio: unas notas musicales grandes y azules adornaban mi yerma cabeza quemada por el Sol.

Aunque prometo que me concentré al máximo y di lo mejor de mi

Aunque prometo que me concentré al máximo y di lo mejor de mi

El reto era complicadísimo. De verdad, intentad en vuestras casas eso de cantar sobre la marcha una canción que no habéis oído jamás, sea en el idioma que sea.

El programa no era en directo y me dijeron que emitirían mis imágenes al día siguiente. Nunca las vi.

No podía parar de sonreir cuando me dejaron en paz y me largué con mi Quijote bajo el brazo. Aun a riesgo de convertirme en estatua de sal, me volví un instante, sólo para comprobar que aquellos berridos que parecían salir de las gargantas de los leones del circo no eran otra cosa que los alaridos de un pobre japonés que había ocupado mi lugar.

Al final ese fue mi recuerdo más importante de Roma. Claramente, ¡tengo que volver para intentar mejorarlo!.

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