“¿Cúando vas a volver?”

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Es uno de esos momentos en los que se me hace un nudo en la garganta. Tú eres un viajero que llega de un país del que ellos no han oído hablar o que les resulta difícil localizar en un Atlas (como a ti te costó encontrar el suyo cuando te pusiste a planear el viaje). Ellos son adultos, adolescentes o niños, de Mongolia, Birmania o Perú. Y vuestros caminos se juntaron cuando él, Tsend, te ayudó a orientarte en tus primeros dos días en Ulaan Batar, o ellos fueron el grupo de traductores durante la semana del Festival Kachin en Myktina, o aquella veintena de muchachos se convirtieron en compañeros de alojamiento en su pabellón durante tu voluntariado en “La Ciudad de los Niños” en Lima.

Para ellos, nosotros somos unos privilegiados que podemos no sólo tener vacaciones sino, milagro de los milagros, subirnos en un avion (algo lejos de sus posibilidades) y viajar al extranjero. Llegamos con unas botas de trekking que cuestan el sueldo integro de dos meses y que no hay calidad made in China, a 1/10 de precio, que se las pueda comparar. Tu cortavientos de GoreTex solo lo ven en las tiendas de deporte, para gente de clase media alta, en los centros comerciales. Y no hablemos de esa camara fotográfica digital o, cuando lo llevas, el ordenador portátil, por ruidoso, viejo y pesado que sea.

Eres, realmente, un viajero de otro mundo.

Intentas escucharles y hablar con ellos. Buscas puntos comunes para desarrollar eso tan dificil que es la comunicación. En la frontera entre China y Mongolia charlas con los conductores de todo terrenos cargados de mercancias, y lo haces chapurreando un ruso de novela de Forsyth o Le Carré e inglés. En un camarote de un crucero por el Yang Tse es la mímica la que, a falta de otro puente lingüístico, sirve para comunicarte con la pareja de chinos con la que pasarás tres dias y dos noches.

“Gaul good! Gonaldino good!” y a tí, que núnca seguiste éxitos y fracasos de los millonarios del balón, te toca sonreir, rebuscar en tu memoria titulares de la sección de deportes de El Mundo y frases de conversaciones con los amigos para, delante de una cerveza Cusqueña, alabar la calidad de jugadores de los que desconoces su apellido. Y es que, hasta en la Isla del Sol, en el lago Titicaca, te puedes encontrar a un chavalito con la camiseta del F.C. Barcelona.

Con Facebook y el correo electrónico, intentas mantener el contacto con esa gente que está a miles de kilómetros y a varios mundos de diferencia con respecto a tu vida cotidiana.

Aparto la mirada de la pantalla de 24 pulgadas, dejo de teclear en el portátil y miro por la ventana el cielo de Dublín, que amenaza, de nuevo, con cubrirse de nubes.

Y me pregunto cuando voy a volver.

ciudad de los niños

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2 Comentarios
  1. Anonymous 5 junio 2008
  2. avistu 7 junio 2008