Las duras mujeres mariscadoras de Cambados

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En mis viajes, pocas visitas me han impresionado tanto como la que realicé hace un par de semanas en la zona cercana al puerto de Cambados.

Cambados es un ayuntamiento incluido dentro de la Ruta del Vino Rías Baixas, un itinerario enoturístico que recorrí durante un par de días.

La simpática y vital María José, de la asociación cultural “Mulleres Do Mar de Cambados” (Guimatur), nos acercó al duro mundo de las mariscadoras.

El sol lucía alto a las 10 de la mañana sobre esta pequeña población de las Rías Baixas. El calor era agobiante, derribando el mito de que en Galicia no hace calor en junio.

Caminamos por el paseo marítimo y llegamos al punto cercano a la playa donde se encuentra el local de Guimatur. Allí, María José se presentó a la vez que nos daba un par de botas para que la pudiéramos seguir por la arena y el agua de la marisma.

Qué es Guimatur

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Mientras nos acercábamos a la playa, nuestra anfitriona nos iba explicando en qué consiste la asociación de la que forma parte.

Guimatur es una asociación cultural que se creó, en Cambados, en el año 2004. Su fin es difundir la cultura marinera y los valores tradicionales de la misma. Para ello organizan un par de rutas en las que puedes combinar el seguir de cerca las labores de las mariscadoras, con una buena cata de uno de los mejores vinos albariños de la zona.

Objetivos de Guimatur

Con estas rutas, lo que se intenta es acercar a la gente de a pie el mundo de las mariscadoras.

La mayoría de la gente asocia el mar y la actividad marinera al hombre, pensando que la mujer queda siempre relegada a un segundo plano marginal. Pues bien, de las más de 300 personas que baten la playa cada día en busca de almejas y berberechos, sólo 8 son hombres.

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Guimatur trata de reivindicar el papel de la mujer en el mundo del mar, pero también mostrar la forma de vida de las familias marineras, promover la cultura tradicional y artesanal marinera y promocionar los productos de gran calidad que extraen del mar.

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La visita

María José no paraba de hablar. Sabiendo que teníamos el tiempo justo, intentaba abarcar todos los temas posibles para que nos fuéramos con una buena idea de lo que representaba su trabajo… Su mundo.

Ella es una de esas personas que transmiten sus anhelos con pasión. Menuda, nerviosa y de manos fuertes, María José nos explicaba que había trabajado durante 14 años en una guardería y que no volvería a su antiguo trabajo ni por todo el oro del mundo. Le gusta ser mariscadora.

Y es que este tipo de trabajo sólo debes hacerlo si te gusta (o si no tienes otra salida, obviamente).

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Las mariscadoras suelen trabajar unas 4 ó 5 horas diarias durante 15-18 días cada mes. Dicho así no suena tan mal. Sin embargo, el trabajo es muchísimo más duro de lo que he resumido en esta frase. Y no está tan bien pagado.

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Lo pudimos comprobar en persona cuando, tras caminar unos 20 minutos por el agua, llegamos a la zona donde las mujeres estaban trabajando. Algunas de ellas llegaban empujando sus carritos, pero la mayoría había comenzado la faena hacía una hora.

Agachadas bajo el sol de justicia, removían la arena con energía a golpe de angazo, una especie de rastrillo. Alguna esgrimía un ganchelo, arte más pequeña, parecido a una pequeña pala de jardín, que se puede usar para sacar un molusco concreto cuando se ha descubierto el orificio en el que está. El ganchelo es más preciso y menos pesado, pero – nos explicaba María José – tiene un problema: no remueve la arena como el angazo.

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Remover la arena es tan importante como arar la tierra en una zona de cultivos. En ambos casos sirve para que los seres vivos que habitan en el suelo puedan respirar mejor.

Hacíamos fotos aquí y allá. Las mujeres ni se inmutaban y seguían a lo suyo. Algunas bromeaban con otras, y María José nos señalaba uno de los carritos donde llevan los aparejos y depositan la captura del día. Cada mariscadora lo tunea a su antojo y este, en concreto, era una risa. Barbie y Ken, vestidos con bañadores de esparto hechos a mano, custodiaban el carrito. María José nos decía que su dueña era una cachonda. No hacía falta que lo jurase.

Carrito de mariscadora

Carrito de mariscadora

Probando con el angazo

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Quedaba poco tiempo para marcharnos y no quería hacerlo sin probar el arte de mariscar. María José nos contaba ahora cosas sobre los distintos tipos de especies que poblaban la orilla de Cambados. Navajas, almejas de distintas clases, berberechos… Y no vale cualquier ejemplar, sino que tienen que tener un tamaño mínimo para poder echarlo al cubo.

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Además, se acabaron los tiempos en los que cualquiera podía venir a sacar marisco del mar. Ahora todo está muy regulado y vigilado y para poder ser mariscadora hay que sacarse el permiso (PERMEX). Aunque se puede mariscar durante todo el año, hay períodos de veda, y también se “plantan” especímenes para que crezcan y puedan extraerse un tiempo después.

Las mariscadoras también participan en estos trabajos de vigilancia y “siembra”.

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Le pedí a María José su angazo y me dispuse a sacar un par de berberechos para echar a su cubo. Como suponía, la cosa no resultó tan sencilla. Hasta el quinto o sexto intento no saqué nada aprovechable. Finalmente, vi aparecer entre la tierra dos almejas de tamaño decente. Me agaché, las puse en la palma de mi mano y las examiné con María José. Eran dos ejemplares de la especie japónica (diferenciables por los surcos de sus conchas) y, usando el calibre, comprobamos que superaban el tamaño mínimo para su consumo.

De vuelta al local, nos quedamos con las ganas de asistir al regreso de las mariscadoras al puesto de control y la puja por sus capturas.

Le prometí a María José que la próxima vez volvería con más tiempo.

Ella se quedó trabajando, como todas las demás. Mujeres duras, fuertes, comprometidas… Heroínas anónimas del mundo moderno.

 

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