Cabras y redes de pesca chinas en Cochi

fort cochi
“Hoy no hay ferri, hoy no hay ferri. Elecciones estos dias, choques entre partidos, por eso hay tanta policía!!” me avisa con ojos como platos. Yo estoy a medio camino entre la estación de tren de Ernakulam (me ha costado 104 rupias el billete desde Trivandrum para un recorrido de 206 kilómetros) y el embarcadero donde debería coger el ferri a Fort Cochi, y me doy la vuelta para que me lo repita, no sea que no le haya entendido bien. El conductor del rickshaw lo repite y yo, que no veo cazas militares sobrevolando la ciudad, columnas de humo levantándose del centro de la misma, ni carros de combate en las calles, le respondo sonriente “Gracias, pero de todos modos caminaré hasta donde amarra el ferri, por dar un paseo, ya sabe”, le guiño el ojo y continúo mi camino.

Cuando más tarde se lo cuento a la dueña del hostal, ambos soltamos una carcajada. ¡Lo que llegan a inventarse algunos para conseguir sacarte unas rupias!. Es como si un taxista en Barajas te dijera que el Metro está cerrado por una inundación y que lo más sensato es, naturalmente, subirse en su taxi. Pero el ferri funcionaba con toda normalidad y, tras pagar mis 2,50 rupias, me llevó en un tranquilo trayecto hasta Fort Cochi, la zona vieja y más bonita de la ciudad.

Después de solucionar el tema del alojamiento, y como aún me quedan un par de horas de luz, me voy paseando tranquilamente hasta la zona de las redes de pesca chinas, uno de los principales atractivos estéticos de la zona. De camino observo que aquí las reinas de la carretera no son las vacas, sino las cabras, que las hay por todas partes, comiendo cualquier porquería, como buenas cabras.

Lee también:  Trekking alternativo en Munnar

redes chinas cochiLas redes chinas son grandes y no parecen muy efectivas, comparadas con otras formas de pesca. Se basan en un sistema de contrapesos situados en una zona previa a la misma, para levantar una red de una docena de metros de diámetro que nunca se mueve de la misma zona del fondo. Me invitan a subir a una de ellas y charlo con los cuatro “tripulantes” allí sentados. Son cinco personas en total las que se encargan de manejarlas, desde el amanecer hasta media tarde. En ésta en concreto en la que estoy de conversación, el dueño se lleva el 30% de lo que pesquen, el otro 70 se reparte entre cinco pescadores, cinco familias, muchas bocas que alimentar. Tanto si son 100 rupias como si son 1000 rupias. Ahora se nota más la precariedad del sistema, porque no es temporada, el monzón llegará en cualquier momento.

Lo que pescan cada día, o bien es subastado o lo exhiben en unas mesas junto a la acera y puedes comprar el pescado que, por un minimo precio, te lo prepararan y servirán en cualquiera de los restaurantes/chiringuitos cercanos.

Me despido de ellos y me voy a un extremo de zona, buscando un sitio para sentarme y ver la puesta de sol. A mi lado, en el parque, al principio de las redes, se me acerca otro señor y se pone a charlar conmigo. A sus cuarenta años, este musulmán ya tiene cinco hijos mientras que yo aún recibo los suspiros y las (in)directas de mi madre sobre el arroz y los santos.

Por cierto, los pescadores no me pidieron dinero por haberme dejado “subir a bordo” y hacer fotos, y el señor con el que conversé después, al que se le unió un amigo, nos invitó a ambos a una especie de barra de cacahuetes tostados con miel.

Lee también:  Munnar, refugio del calor

Es la India, pero no parece la India.

Sin ningún aumento de precio te facilitamos la reserva de tu viaje:

Puntúa este artículo