Bruselas, alojamiento y cena

grand place brussels
Cuando me puse a buscar alojamiento en la capital belga, los precios de los hostales (que en su mayoría incluían algún tipo de desayuno) no bajaban de los 20 euros por noche, en un dormitorio compartido con un mínimo de 8 personas, con ducha y lavabos en el pasillo. Reduciendo el número de posibilidades en la lista a sólo tres establecimientos, en cualquiera de ellos me salían por no menos de 45 euros en total las noches del viernes y el sábado, pues la del domingo no la pasaría en Bruselas.

Sin embargo, como pensaba ver a una amiga de Gante y ella iba a ser mi anfitriona por la capital (y yo quería salir algo de noche, lo que quedaba limitado para ella por los horarios de tren), decidimos subir un poco más el presupuesto. Acabamos optando por alojarnos ambos en el Hotel Argus, bastante cerca de la estación de Metro de Louiza y en la misma zona relativamente céntrica que el Hilton (una referencia útil si te pierdes y eres incapaz de recordar el nombre de la calle a la que has de volver, la Kapitein Crespelstraat que sale a la avenida Waterloolan; no, mi flamenco no daba para tanto).

Aunque sus precios normales “asustan” un poco, tienen buenas ofertas y una habitación doble, reservada por un mínimo de dos noches de fin de semana, cuesta 65 euros/noche, en lugar de los 135 que aparecen en su web. La habitación es moderna, limpia, grande, con un cuarto de baño de respetables dimensiones, e importante cuando se viaja en invierno, muy cálida. Si estás ocioso o quieres comprobar horarios de alguna atracción o planificar un poco la ruta del día siguiente, tienen WiFi gratis. El desayuno se incluye en el precio y es más que suficiente para salir del hotel pleno de energía y con ganas de patearse Bruselas.

Después de trabajar el viernes, les deseé un buen fin de semana a mis compañeros y me fui a reunirme con mi amiga y, con ella, a dejar la mochila en el hotel. En lugar de la comodidad del bus, valientemente sugerí caminar durante algo menos de media hora y así respirar mi primera, y fría, dosis de ambiente belga.

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gran plaza con luz de papa noelDe haber estado sólo y algo más despistado, tal vez me habría detenido a cenar algo en la calle Kaasmarkt / rue du Marché aux Fromages. que está llena de restaurantes de comida griega e italiana, con precios incluso para bolsillos mochileros. Aliviado del peso del portátil (otra de las razones para optar por un hotel en lugar del hostal, un lugar teóricamente más seguro para que reposara el chisme durante el fin de semana), nos encaminamos a la Plaza Mayor de la ciudad.

Esa noche, en una curiosa estampa, al llegar allí una oveja dormitaba, ajena al bullicio que la rodeaba, dentro de un belén navideño. Como en la vez anterior que estuve aquí (creo que fue en el 2005), había un espectáculo de luces y sonido que teñían la fachada del Ayuntamiento y del Broodhuis/Maison du Roi, situado justo en frente, de todo tipo de formas y colores, algo que parece ser una práctica habitual en este espacio abierto. Pese al frío, había turistas por todas partes, deleitándose en los cambios de colores que se proyectaban sobre los edificios. Pero apretaba el hambre, y, hay que admitirlo, el cansancio de un día que había empezado con un despertador que sonaba a las cuatro de la mañana.

Para la cena, mi amiga me sorprendió llevándome a una cervecería/brasserie cerca del edificio de la Bolsa, de nombre desconocido (y que creo que no figuraba en la fachada pero que a la vuelta he averiguado: Fin de siècle) situado en el número 10 Kartuizerstraat / rue des Chartreux, que no tiene pérdida porque el edificio se estrecha y se convierte, literalmente, en la esquina entre dos calles.

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Es un establecimiento de techos altos, una miriada de pequeñas mesas para dos personas (situadas tan al lado unas de otras que parecía más bien la distribución de un banquete) y con dos enormes pizarrones en la pared que anunciaban por separado las opciones de comida y de bebida (vino, aparte de la habitual selección de cervezas). Los parroquianos representaban a todas las edades y condiciones, sentados en un espacio sin separaciones físicas y contribuyendo animadamente a una charlatana y humana música de fondo.

Cosas a tener en cuenta cuando vayáis a cenar aquí, lo que es algo que os recomiendo encarecidamente:

menuNo aceptan tarjetas de crédito. Ni MasterCard, ni VISA ni AMEX, ni nada de nada. Traeros efectivo, pero no os preocupéis que no es caro.

No os extrañeis por los precios tan raros del menú, como el onglet de veau a 13,22 euros, el penne au pesto por 9,93 euros o el jambonneau moutarde a l´ancienne a 15,72 euros. Como todos sabéis, cuando el euro arrasó en la Unión Europea con las monedas locales, se generalizaron los redondeos (siempre hacia arriba) de los precios. Aquí no. Si 40,3399 francos belgas eran 1 euro, los precios fueron “traducidos” a euros, literalmente.

No aceptan reserva de mesas. Si llegas y no hay sitio, pues a esperar unos minutos hasta que quede una mesa libre, aunque con tantas no suele tardar mucho (mi cerveza, pedida en la barra, no estaba ni a medias cuando me senté)

Mi primera cerveza belga, una fuerte Orval, acompañó al excelente stoemp, un plato que consiste en salchichas sobre un lecho de una especie de puré de patatas que puede contener espinacas, apio u otras opciones y con una riquísima salsa no apta para vegetarianos.

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Algo menos de 15 euros por cabeza, en efectivo, fue el precio de mi primera y suculenta cena en el país de Hercules Poirot.

Web | Hotel Argus

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  1. Scotty Mabray 14 abril 2012