Bray: mirador al Mar de Irlanda

mapa bray El 11 de marzo cumpliré 5 años, 6 meses y 1 día en este exilio voluntario en la Isla Esmeralda. Lo pongo en formato prisión pero desde luego, cada día que pasa soy más feliz por haber tomado esa decisión hace tanto tiempo cuando, a pesar de tener trabajo fijo en la CAM, muy buenos amigos -a los que aún conservo, no sin esfuerzo y vuelos made in Aer Lingus a la Terreta- y mi familia, decidí que el ahora o nunca claramente se aplicaba a mi situación. Aquello sólo fue la chispa que encendió el fuego que me ha hecho tomar – coger no, que nos leen en Sudamérica- una media de 30 aviones al año para ir explorando lo que buenamente puedo de este Mundo, ganar más amigos en sitios dispares y abrir mi mente.

Irlanda en su conjunto, y Dublín más concretamente, me han acogido como hijo adoptivo y se han convertido en una inmejorable segunda casa para mí.

Mi rincón preferido de Dublín -aunque geográficamente pertenece al condado de Wicklow, para mí cualquier lugar al que llegue el DART lo considero Dublín- es sin duda Bray.

Este pueblecito costero apostado en la línea imaginaria que separa los condados irlandeses de Wicklow y Dublín, es el lugar perfecto para perderte cualquiera de los, más bien pocos, días soleados que tenemos en la capital irlandesa.

Cuando la meteorología ha acompañado, he llevado allí a toda persona que ha venido a visitarme con unos pocos días y ganas de caminar. Y, sobre todo, ha sido el lugar en el que he acudido a disfrutar de un tranquilo día conmigo mismo.

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Está a unos 40 minutos de DART -el tren de superficie que actúa como metro limitado de Dublín (prácticamente sólo cubre la costa) desde hace tantísimos años- desde el centro de Dublín. El billete ida y vuelta sale por unos 4 euros.

El pueblo en sí no es nada del otro mundo. Sus calles del centro son como las de cualquier otro barrio dublinés y tiene un bonito paseo marítimo lleno de pubs y restaurantes y salpicado con zonas verdes.

brayLo que me atrajo desde el primer día es la colina coronada por una enorme cruz que se divisa desde el paseo marítimo. La subida lleva unos 20 minutos o media hora de continua ascensión que te hará sudar independientemente de que haya sol o no. La senda te lleva a través de una pequeña zona arbórea y un tramo, cercano a la cima, plagado de arbustos (la mayoría espinosos).

Desde la cima tienes una preciosa vista del mar de Irlanda, el pueblo de Bray y multitud de granjas y campos verdes de la región. Sin embargo, la cosa no acaba ahí.

Descansa, saca tus fotos y prepárate para proseguir la caminata. Una senda te lleva a Greystones, localidad también costera que te llevará una 1 horita y media alcanzar sin muchas prisas. Subiendo y bajando pequeñas colinas, irás disfrutando de distintas vistas que te mantendrán en tu mundillo idílico si vas solo, o formarán parte de la conversación si has ido acompañado.

Yo, personalmente, siempre quedo atrapado en el gran descubrimiento que realice en mi primera excursión: mi Acantilado Particular. Iba por la senda y vi un alambre de espino que separaba el camino de una zona de altos arbustos que, suponía, debía llevar a la mismísima costa. Miré a mi alrededor, no venía nadie y pasé por debajo de un trozo de alambrada que estaba medio derruido. Crucé a paso rápido la zona verde y llegué al límite.

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Me enamoré de aquel sitio desde el primer momento. Fue un flechazo.

bray viajeEs un pequeño acantilado de no difícil acceso -aunque tendrás que ir con buenas zapatillas y estar dispuesto a escalar y saltar entre algunas rocas para conseguir el mejor asiento o lugar donde parar a comer- que es casi virgen por esa alambrada que parece prohibir el paso a tantos.

En los días de Sol hay varias rocas planas en las que puedes sentarte a almorzar o leer con el mar bajo tus pies, las playas de Greystones en la lejanía y la brisa marina en la cara. Y, si tienes suerte, ¡verás focas!. Yo las he visto en más de una ocasión merodear por esas rocas. Aún recuerdo el día en que el calor apretaba y decidí darme un baño -desnudo claro, aquí no sales con el bañador de casa casi nunca- en el frío mar. Salté desde la roca y cuando emergí…no era el único allí. Aquella foca sacó su cabeza a dos metros de la mia y me miró curiosa, como diciendo: “¿quién es este loco que se baña aquí? ¿es su piel naturalmente violeta o tiene que ver con el castañeo de sus dientes?”. Pues sí, mi amiga Seabert fue testigo de mi quasi-congelación en el mar de Irlanda. No os engañéis por el calor que pueda hacer fuera: el mar irlandés siempre está frío.

Me dejo caer por aquella zona unas 4 o 5 veces al año y siempre me ha dado una paz e inspiración que en pocos lugares más he sido capaz de encontrar.

Sin duda una excursión muy recomendable si vienes a Dublín. Si te gusta pasear tranquilamente, intenta ir entre semana porque los fines de semana la senda está muy transitada. Sólo necesitarás una pequeña mochila que te permita llevar tu cámara, un bocata, agua, algo de fruta y/o chocolates y un libro o libretas donde anotar ideas si vas solo y te gusta perderte en tus pensamientos o sueños.

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