Escapada de 5 días en Berlín (Parte 2)

El Reichstag, símbolo inequívoco d Berlín

El Reichstag, símbolo inequívoco d Berlín

Mientras Ani buscaba en su móvil cómo se dice “tiritas” en alemán, yo apuraba mi capuchino y revisaba la ruta prevista para el día. Cogimos, finalmente, uno de los autobuses que tienen parada en el zoológico (Zoologischer Garten). No era descartable la visita al mismo, pues todas las referencias apuntan a que merece la pena. Sin embargo, teníamos muchas ganas de recorrer el bulevar más glamuroso del oeste de la ciudad llamado oficialmente Kurfürstendamm y coloquialmente Ku’damm, simplificación ésta que sin duda ha evitado muchas trabas lingüísticas a los viajeros.

El bulevar tiene un aire afrancesado con sus plataneros en la mediana central proyectando una sombra irregular, sus terrazas discontinuas en ambas aceras protegidas por unas sombrillas imponentes y las típicas mesitas minúsculas cubiertas con un alegre y extenso mantel. Los viandantes las sortean pegados al bordillo mirando de reojo los escaparates de las firmas de ropa más prestigiosas, con tentadores y a veces inexactos carteles de “sales”. Pero antes de sucumbir a la tentación de hacer un shopping,- como dicen en las series más chics de la tele- nos fuimos a visitar la Kaiser-Wilhelm- Gedächtniskirche, -algo así como iglesia memorial pero con muchas más letras- que sufrió con estoicidad los bombardeos de la II Guerra Mundial y que muestra en lo alto de su campanario su mutilación más flagrante.

Se ha tratado de preservar la mayor parte de la iglesia, si bien, sobre la zona más ruinosa, se ha levantado un edificio de planta octogonal revestido de un cristal que proyecta una luz azulada interior consiguiendo un efecto muy intenso y sobrecogedor, aparte del fuerte contraste que provocan de por sí los dos estilos arquitectónicos yuxtapuestos.

Interior de la iglesia Kaiser-Wilhelm- Gedächtniskirche

Interior de la iglesia azul

A la salida, el sol nos empujaba directamente a uno de los puestos de helado y desde ahí, ya algo repuestos – y, en mi caso, con las manos pegajosas de los odiosos chorretones del helado -, iniciamos una serie de incursiones en tiendas de distintas firmas. Yo, pendiente de dar con un aseo donde limpiarme debidamente las manos, me pasé un buen rato viendo las idas y venidas de Ani hacia el probador, sin poder ayudarle en nada, no fueran a quedar mis huellas dactilares (con sabor a fresa) impresas en algún vestido.

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Tras varias tentativas frustradas, aterrizamos en una tienda Foot Locker donde acopiaban el mayor número de zapatillas por metro cuadrado que haya visto en mi vida. Me fue imposible no comprarme las Adidas Beckenbauer que ya no me quitaría el resto del día.

Después de comer frugalmente, seguimos recorriendo el bulevar en dirección al Kaufhaus des Westens (coloquialmente llamado Kadewe). Se trata del centro comercial más grande de Berlín y uno de los más grandes del continente. Es especialmente famosa la planta del Gourmet, aunque después de recorrerme muchas veces los pasillos del Gourmet del Corte Inglés, tampoco quedé tan impresionado.

La jirafa de Lego

La jirafa de Lego

Bien entrada la tarde los pies ya no reaccionaban. Las Beckenbauer estaban exhaustas y, tras andar más de lo previsto, dimos con la parada que nos devolvería a nuestra base. Ani aún tuvo fuerzas para acercarse el centro comercial de Arkaden (en la Potsdamer Platz) pero yo había ido madurando en mi cabeza una visita al spa del hotel y sólo me imaginaba vestido con mi albornoz. Para mi desgracia, lo que creía era una piscina de aguas termales era una piscina normal y corriente (aunque con muchas luces indirectas) ocupada además por varios japoneses que competían haciendo largos al estilo mariposa. Así que no tardé en volver a la habitación algo decepcionado, pensando en tomar, al menos, una ducha relajante que acabó siendo somnífera. Por la noche aún nos rehicimos y fuimos a cenar a la terraza del Tony Romas enfrentado al Theater am Postdammer Platz donde se celebra la famosa Berlinale– festival de cine de Berlín.

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A la mañana siguiente, nos levantamos con ese punto amargo de saber que es el último día del viaje. Pero sin tiempo para la nostalgia y apenas para el ya rutinario capuchino, nos fuimos al Reichstag para asegurar su visita a la cúpula. Tras la cola de rigor, nos comunicaron que desgraciadamente por razones de limpieza, la cúpula estaba cerrada. Maldiciendo la omnipresencia de Murphy, reservamos hora para visitar la terraza como mal menor, y ver de cerca la famosa cúpula y su corredor ascendente en espiral, así como las vistas que ofrecería la altura. Decidimos reservar a las 20:45 confiando en que surgiera un atardecer despejado combinado con las primeras luces de la tarde noche… O, por lo menos, que no lloviera, pensaba yo. Hasta entonces, teníamos casi todo el día por delante.

La idea era, primero dar una vuelta por los alrededores de la Potsdamer Platz y verlo de día. Es parada obligada la plaza del Sony Center que, aunque abierta, queda parcialmente cubierta por una cúpula formada por un haz cables y barras de acero, ejemplo de la modernidad arquitectónica de los alemanes. El nombre encaja perfectamente, pues allí se encuentra el edificio Sony, que cuenta con cuatro plantas, y en una de ellas tenían expuesto un televisor valorado en 20.000€ de una cantidad sonrojante de pulgadas. La plaza tiene una fuente central y hay varios sitios donde tomar un café, comer, etc. Pasear por los alrededores es agradable; todo respira modernidad y amplitud, gracias a la multitud de rascacielos, edificios singulares y- algo más apartadas-, algunas embajadas. Lo mejor es perderse (en lo que me considero un especialista) por sus rincones y aparecer frente a la fachada del Hyatt, en la sede central de Daimler, -con su fachada de ladrillo visto imitando los primeros rascacielos americanos-, o frente a la jirafa del edificio Lego.

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Por la tarde, mientras hacíamos tiempo para la visita al Reichstag, aún teníamos previsto otro meeting point clave, el famoso Checkpoint Charlie, – o punto de control C de los americanos y paso fronterizo de los aliados- situado en la Friedrischstrasse.

El Check Point Charlie

El Check Point Charlie

Aprovechando que ya estábamos allí -a pesar del calamitoso estado de los pies- nos acercamos a ver una exposición dedicada a David Bowie ubicada en el edificio Martin-Gropius-Bau (referente arquitectónico), donde repasaban su trayectoria personal y profesional, intercalando vídeos de canciones relevantes de su carrera, así como muchos de los complicados trajes que empleaba y que debieron guiar a los componentes de Loco Mía.

A continuación, un nuevo edificio ofrecía otra amplia e ilustrativa exposición de lo acontecido en la 2º Guerra Mundial (Museo del Terror). Mientras Ani aún tuvo fuerzas para releerse la invasión de Varsovia, yo esperaba fuera sentado en un banco corrido, disfrutando de una ligera brisa y de la fracción más importante del muro de la vergüenza que vimos en nuestra estancia.

MURO

El tiempo se nos había echado encima, y el cansancio también, pero aún nos animamos a andar en dirección al Reichstag en lo que sería nuestra última pateada de este viaje. Con puntualidad alemana, iniciamos el ascenso a la terraza. Además de los utensilios de limpieza que se alojaban en el interior de la cúpula, pudimos contemplar panorámicas muy atractivas de la ciudad y nos inflamos a hacer fotos inmortalizando el momento.

De vuelta cenamos en nuestro indio favorito y nos tomamos un mojito de sabor indescifrable, antes de hacer las maletas y prepararnos para la vuelta.

Ah, casi me olvido, os adjunto foto del imán que seleccioné atendiendo a mis obligaciones viajeras, como os comenté al principio. Hasta otra.

El imán elegido

El imán elegido

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2 Comentarios
  1. Emilio 4 diciembre 2014
  2. baresi 5 diciembre 2014

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