Alrededores de Cagliari: Pula y sus playas


Por la tarde nos dirigimos al aeorpuerto para recoger un coche que habíamos previamente alquilado y empezar a conocer los alrededores de Cagliari.

Viajar en coche es probablemente la manera más cómoda de conocer Cerdeña. De todas maneras, la isla tiene una aceptable red de autobuses que unen la mayoría de poblaciones. Aun así, necesitábamos de la independencia de conducir por nosotros mismos para llegar a lugares más apartados, alargar el recorrido y montar el viaje de forma más independiente.

Un preciosos Peugeot 308 fue nuestro nuevo compañero de aventuras y con él nos dirigimos hacia el sur de Cagliari.

Teníamos ganas de escapar de la ciudad y en apenas unos minutos lo conseguimos.

Nuestro primer destino fue Pula y sus playas adyacentes.

Es probable que la Cerdeña que hemos visto sea mucho más verde de lo habitual. Durante los últimos seis meses no ha parado de llover ofreciendo una vegetación mediterránea exuberante. La hierba parece comerse el arcén y su profundo verde recuerdan a Irlanda.

Llegamos a la torre y al cabo de Pula. Se tratan de pequeños promontorios sobre el mar que ofrecen estupendas vistas a sus playas adycentes. Pueden verse unos cuantos apartamentos pero la zona todavía no se encuentra masificada.

A mediados de febrero, con una temperatura de seis grados, uno puede hacerse la idea de lo fantásticas que pueden ser las calas del sur de Cagliari en época de playa.

Esta zona no es tan conocida como la costa Esmeralda al norte de la isla. No obstante, ofrece una interesante alternativa con bonitas playas, ruinas históricas y posibles incursiones al agreste y salvaje interior.

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Escogimos una casa rural a las afueras de la localidad de Pula para dormir. Los alojamientos baratos en Cerdeña se concentran en la red de cámpings que se extienden a lo largo de la isla. No obstante, en temporada baja a uno no le apetece mucho meterse en el saco y pasar frío. La temperatura media que encontramos rondaba los cinco grados durante el día. Así que decidimos pagar más y nos instalamos en una casa rural. 40 euros por cabeza nos proporcionó una buena triple, charla y desayuno tradicional.

Cenamos en un restaurante en Pula llamado Da Giancarlo. Fue el único donde vimos movimiento en el pueblo y no nos defraudó. Cuccula e fregola (un cuscús gigantes con almejas) fue el plato típico que escogimos y no nos defraudó en absoluto.

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