Un acidentado viaje a Zimbabue

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Como la gran mayoría de la gente sabe, el nombre de Zimbabue deriva de unas muy famosas ruinas que existen en este país africano.

Hace unos pocos años, cuatro amigos decidimos visitar Zimbabue, por nuestra cuenta, y no a través de agencias que lo programan todo librándote de este modo de un buen número de incomodidades, peligros y sustos. Pero también te libran de la excitación, la incertidumbre y la improvisación que conlleva la aventura de ir descubriéndolo todo uno mismo, y la libertad de crear tu propio programa. Acordamos que visitaríamos el Hwange Park, las Cataratas Victoria, un poblado bosquimano, el lago Kariba, el Bumi Hills Safari Lodge y un par de lugares más cuyos nombres no acuden en este momento a mi memoria.

El vuelo de Madrid a Harare los realizamos sin contratiempo ninguno, e incluso con admirable puntualidad. Salimos del aeropuerto. Lucía un sol espléndido. Por como empezamos a sudar enseguida, excesivamente espléndido.

Firmemente convencidos de que el tiempo es oro, entramos en acción de inmediato yendo directamente a coger un taxi. El taxista que lo tenía a su cargo andaría por los cincuenta años, y era tan poco agraciado físicamente que Antonio, el pesimista y lúgubre del grupo, dijo nada más subirnos al vehículo que pretendíamos nos llevase al hotel de Harare donde habíamos reservado dos habitaciones.

-No sé. Tengo un mal presentimiento. Este buen hombre se parece muchísimo a Frankestein.

Lógicamente, nos reímos de sus aprensiones. Sin embargo, a mitad de camino pinchamos dos ruedas a la vez y de puro milagro no nos estrellamos contra un árbol. Allí, sentados en la cuneta, tuvimos que esperar más de una hora a que trajeran una rueda de repuesto, pues la rueda de reserva ya la había cambiado por una de las averiadas aquel conductor tan poco favorecido por la naturaleza.

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Pernoctamos en un hotel de Harare y a la mañana siguiente fuimos directamente a coger una avioneta que debía llevarnos hasta el pequeño aeropuerto de Hwange Park. Antonio vio una serpiente muerta en el suelo y tuvimos que forzarle a que subiera a la avioneta, pues el supersticioso de él, se obsesionó en que iba a producirse una desgracia. Durante el vuelo se averió uno de los motores del aparato y pasamos muchísimo miedo, aunque al final aterrizamos sin novedad.

-¿Qué os decía? La tragedia nos ronda —manifestó Antonio convencido de que sus lúgubres presentimientos tenían razón de ser.

El nudo que el miedo nos había puesto a todos en la garganta, no nos permitió responder con algún chiste oportunista.

Recuperamos nuestro equipaje con cierto temblor de piernas —pues los valientes también tiemblan, aunque se hable poco de ello— y nos fuimos a un rent-a-car donde alquilamos un minibús con chófer incluido. El conductor era un joven simpatiquísimo que creo que del idioma inglés conocía solo la palabra yes, pues lo empleaba para todo. La mitad de su cara de ébano la ocupaba una sonrisa —el resto de sus facciones no eran nada relevantes—. Lamento no recordar su nombre, porque por lo que nos costó pronunciarlo debía de ser rarísimo. Era un tipo muy nervioso y arrancó el vehículo cuando Antonio no había terminado de subirse provocando que se diera un buen golpe en la pierna derecha, la mejor que él tenía para jugar al fútbol.

Yo no sé por qué clase de camino nos llevó el Sonrisas —cariñoso apodo que le pusimos enseguida—, pero lo cierto es que allí había más baches que carretera y todos decrecimos varios centímetros debidos al zarandeo y a los golpes que nos dábamos en la cabeza contra el techo del vehículo. Y el Sonrisas lo pasaba en grande riéndose todo el tiempo.

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Y por fin, más mareados que el tambor de una lavadora, llegamos a Hwange Park.

Y quedamos fascinados, maravillados. ¡Qué cantidad y variedad de animales salvajes había allí! Hicimos fotos y filmamos sin parar hasta que el Sonrisas, se acercó demasiado a un elefante macho —posiblemente el jefe de la mañana por lo chulo y agresivo que se mostraba— el cual se vino furioso hacia nosotros, empujó con la cabezota el morro de nuestro todo terreno y no nos volcó de puro milagro. ¡Menudo susto nos metió en el cuerpo!

-Veremos si regresamos vivos a casa —dijo Antonio, cada vez más tétrico.

-Si el que mueres eres sólo tú, te compraremos la corona más grande que encontremos -dijo Fernando, el más cachondo de los cuatro.

-Marcos y yo le secundamos

-Serás la envidia de cuantos vean pasar tu féretro, Antonio.

-De la misma compañía alquilamos otro minibús con el mismo chófer, que gracias a Antonio había aprendido a decir:

-Joder, alguna desgracia nos va a pasar, ya veréis.

El Sonrisas, viendo que nos reíamos, no para de repetir esta frase hasta que la cambió por otra frase cabreada de nuestro pesimista:

-¡Te quieres callar ya, cojones!

Llegando a las Cataratas Victoria volcó el vehículo y aparte de algunos golpes salimos bien librados. El chófer risueño aprendió otra palabra de Antonio:

—¡Asesino!

No pudo aprender más palabras en español, porque allí lo despedimos.

Las Cataratas Victoria son un extraordinario espectáculo. ¡Grandiosidad, estruendo, admiración, asombro! Allí le compramos a un viejo Matusalén un tambor de madera y piel de cabra.

Entramos en el hotel tocándolo y nos castigaron. Nos dieron una habitación con dos camas, alegando que no tenían más. Las camas nos las jugamos a los chinos y perdimos Antonio y yo, que tuvimos que conformarnos con el sofá y una silla de tijera. Estábamos tan cansados que nos dormimos al instante. A la mañana siguiente, Antonio y yo teníamos una tortícolis que solo podíamos ver lo que ocurría en nuestro lado derecho, que era para donde se nos había quedado torcido el cuello.

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Voy a empezar a cortar esta narración porque lleva camino de convertirse en una novela de viajes.

Alquilamos un zodiac con conductor, con la intención de, atravesando el lago Kariba, llegar al Bumi Hills Safari Lodge. Se averió la embarcación a mitad de trayecto y estuvimos casi dos horas allí al pairo esperando a que vinieran a rescatarnos.

Mientras esperábamos ayuda, nuestro pesimista amigo Antonio en tres hojas de papel hizo testamento y nos entregó una a cada uno de nosotros. En el testamento dejaba a nuestro amigo Fernando su valiosa colección de sellos, a Marcos su viejo 600, pues a éste le pirran los coches antiguos; a Anita, su mujer, todas sus propiedades, y a mí una mountain bike.

—Aquel de vosotros que salga con vida, que le lleve mi testamento a mi viuda.

Emocionados y conmovidos, le agradecimos su generosidad.

Al día de hoy, Antonio sigue conservando su valiosa colección de sellos, su antiguo 600, también la mountain bike y la mitad de sus propiedades, que es lo que le dejó su mujer después de divorciarse de él.

Imagen | Flickr – Zest

Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Andrés Fornells. Andrés mantiene su propia web que podéis ver en Andrés Fornell

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